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2.20.2011

Boca abajo

Jugando, te coge de los tobillos y comienza a girarte, tan rápido, tan rápido, que de tu cuerpo no se ve más que una estela. Intuyo ralentizada tu cara de velocidad (nadie podría decir si es miedo o diversión) mientras la cara de mamá, claramente temerosa, levanta un ojo del televisor para echar una mirada reprobatoria.

Cuidado con la mesa, indica.

Lo que significa que tenga cuidado para no darte con la mesa, y no que tenga cuidado para no dar a la mesa. Mamá no solo no se sube jamás a la montaña rusa con nosotras, si no que además, no es capaz de mirar cuando nosotras estamos arriba.

Quiero decir que se está poniendo muy nerviosa.

Así que papá se deja caer en el sillón y amarrándote todavía fuerte de los tobillos, comienza a pasar los dedos por la planta de tu pie descalzo. Tú gritas y te ríes, y pides auxilio, mientras tu cabeza se pone roja como un tomate.

Yo recuerdo una noticia que vi en la tele. Un chico ató a su tía a la cama de pies y manos, y con una pluma suave, le cosquilleó la piel hasta que murió de un ataque al corazón. No parece una muerte muy dulce.

Socorro, aúllas, salvadme. Te agitas como una culebra.

Papá está exhausto, así que te libera, te da una palmada en la pierna y te indica que puedes irte.

Decepcionada, ordenas: ¡Hazlo otra vez!

7.17.2009

De héroes y mártires

"¡Mano!"

Elías se deja caer y rueda por el suelo agarrándose la pierna derecha con fuerza. El árbitro para el juego mientras todos los jugadores del equipo contrario lo rodean reclamándole una falta.

Elías se encoge y se concentra en su cara de dolor. Ya es un profesional en fingir que lo que le duele es la pierna y no su orgullo o la mano, que debe de tener al menos un dedo roto tras haber desviado el balón en el último momento. Habría sido gol y eso sí que no. No se puede dejar ganar por un equipo tan mediocre.

Escucha a sus compañeros que piden corriendo una camilla, porque lo que ha pasado, insisten, es que alguien le ha hecho una entrada de esas peligrosas al bueno de Elías (el héroe, el mártir de esa pequeña comunidad). Y los desalmados de los contrarios tienen la sangre fría de pedir mano. Como si las lágrimas de Elías no fuesen suficientes para mostrar su inocencia.

Es cierto, ahora llora sin fingir. El dolor de su dedo corazón derecho es insoportable y consigue transmitírselo a su espinilla, consigue casi desplazar los pinchazos. Desde el suelo puede imaginarse la cara del árbitro rodeado de hombretones furiosos que le increpan reclamándole justicia. ¿Dónde demonios está la camilla?

Sabe que ha ganado cuando nota cómo la luz del sol desaparece. Eso significa que está dentro del vestuario. Le muestra a su médico la mano cada vez más hinchada y este sonríe. "Una entrada dura, ¿eh?".

Sale del estadio con la mano en el bolsillo y una ligera cojera. Los aficionados le aplauden (han ganado gracias a ese no gol, han ganado gracias a él) y el árbitro le da una palmadita en la espalda. El héroe municipal sonríe tímidamente. "Qué humilde es", dice una señora.

Los jugadores del equipo contrario lo ven desde su autobús ya en marcha. "¿Le tenías que dar tan fuerte? Mira cómo cojea el pobre...". El culpable de la patada se sonroja. Juraría haber visto cómo el balón era desviado por una mano, pero a veces la imaginación y los nervios del juego nos engañan. Es un gran jugador, Elías. Cuando lo vuelva a ver le pedirá perdón. Y un autógrafo.