Peldaño tras peldaño, pasito tras pasito, intentando avanzar, pero con la mirada clavada en el suelo, concentrada en las irregularidades de la madera y en las marcas de suelas de goma. Un poco por vértigo, también por miedo al siguiente peldaño ¿habrá uno más?¿cuándo se llega arriba? ¿se puede bajar?
Así que extiendo con cuidado el pie y con la punta examino el siguiente paso. Lo palpo de izquierda a derecha, hacia delante, hacia atrás de nuevo. Me atemoriza la idea de pisar con firmeza y encontrarme el vacío, o hundir el pie en un socavón y quedarme atrapada. O caerme al piso de abajo y provocar una nube de polvo como en las películas.
Uf, ya estoy en el siguiente peldaño. Un poquito más alta, pero igual de asustada. Busco la barandilla, pero no hay. Sigo mirando al suelo, porque me atemoriza pensar en levantar la vista y encontrarme con una luz cegadora, o con una figura mágica que me anuncie el futuro si soy capaz de resolver tres adivinanzas.
Me giro, y entonces sí, miro hacia abajo, y me siento. Mira, ahí, esos peldaños tan complicados, cuánto sudor derramado. Y aquellos, tan agradecidos, de un suave tacto y olor a libros nuevos y a vainilla de la que no empalaga. Pienso en quedarme ahí parada, mirando hacia abajo, saboreando los buenos momentos y alegrándome de que los malos hayan pasado.
Pero me inquieta el silencio que llega desde arriba en forma de un viento que me acaricia la espalda. No sé si es frío o caliente, húmedo o seco, así que lo llamaré neutro. Un viento neutro que me empuja un poquito, me zarandea rítmicamente dibujando círculos.
De nuevo me pongo en pie y me giro. Las muescas en la madera y las huellas de los que ya han pasado por ahí siguen guiándome. Subo un peldaño más. A fin de cuentas, no puedo quedarme en el medio toda la vida esperando a que llegue el conejo blanco corriendo con su reloj en la mano.
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6.23.2009
3.21.2009
Odiar es de débiles
Odiarlas es tan fácil... Eso piensa mientras golpea con rabia una piedra que no va dirigida a ellas, que ya nunca irá dirigida a ellas, una piedra que rebota contra un contenedor, o contra una farola, porque el odio es de cobardes, de los que sólo lanzan piedras contra objetos inanimados.
Pero él recuerda, lo sabe por que se lo han contado, su padre, su abuelo, lo ha visto en películas y documentales, recuerda que hubo un tiempo en que los hombres eran hombres y no odiaban a las palomas, las despreciaban. Los niños llenaban las plazas y se divertían arrojando estudiados proyectiles con los tirachinas para alcanzar entre los ojos a los pobres pájaros que revoloteaban desorientados, que huían nada más ver a un niño (que ya era más hombre que cualquier hombre de mañana). Las insultaban por divertirse, aunque era tan fácil, que no generaba la satisfacción de un zorro, o incluso de una gaviota. Era un placer para los más pequeños, un entretenimiento apto para todos los públicos.
Y sin embargo, nuestros hijos, criados en el amor y en la sensibilidad, escapan nada más ver a una paloma. Qué feas, qué sucias, dicen, salvo en el día de la paz. Qué asco, dicen, pero es qué miedo. Y ellas, que lo intuyen, se acercan cada vez más, y cuando alzan el vuelo se atreven a rozar nuestros cabellos. Ellas toman nuestras calles, toman nuestro barrio, mientras nosotros nos vamos escondiendo en los portales, en las casas, en las habitaciones.
Sí, es tan fácil odiarlas ahora que ya no somos quienes de despreciarlas.
Pero él recuerda, lo sabe por que se lo han contado, su padre, su abuelo, lo ha visto en películas y documentales, recuerda que hubo un tiempo en que los hombres eran hombres y no odiaban a las palomas, las despreciaban. Los niños llenaban las plazas y se divertían arrojando estudiados proyectiles con los tirachinas para alcanzar entre los ojos a los pobres pájaros que revoloteaban desorientados, que huían nada más ver a un niño (que ya era más hombre que cualquier hombre de mañana). Las insultaban por divertirse, aunque era tan fácil, que no generaba la satisfacción de un zorro, o incluso de una gaviota. Era un placer para los más pequeños, un entretenimiento apto para todos los públicos.
Y sin embargo, nuestros hijos, criados en el amor y en la sensibilidad, escapan nada más ver a una paloma. Qué feas, qué sucias, dicen, salvo en el día de la paz. Qué asco, dicen, pero es qué miedo. Y ellas, que lo intuyen, se acercan cada vez más, y cuando alzan el vuelo se atreven a rozar nuestros cabellos. Ellas toman nuestras calles, toman nuestro barrio, mientras nosotros nos vamos escondiendo en los portales, en las casas, en las habitaciones.
Sí, es tan fácil odiarlas ahora que ya no somos quienes de despreciarlas.
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