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7.10.2010

La seducción al modo tradicional (artes de pesca)

Llena. La almadraba está repleta de atunes que se retuercen, de la misma manera que tú estás lleno de mí. Yo nado de un lado al otro, tranquila dentro del espacio que tengo acotado. Aún no noto el laberinto de redes por debajo, aún no se ha comenzado a agitar el mar.

¿Lo has visto en la tele? Es difícil no sentir piedad. Las olas que forman cuando la trampa asciende, coleteando con toda su fuerza, tratando de descender de nuevo al fondo del mar. ¿Tratar de escapar es digno o patético? Las embarcaciones les han ido cercando, ya no hay salida posible. Unos se rinden antes, otros después. Pocos viven todavía cuando el marinero, decidido, les hace un corte de tajo en el cuello.

De la misma manera, debes saberlo, tú me tendrás.
Pero solo cuando apenas pueda respirar.

3.01.2010

Infinita maldición

Infinito. Así es el silencio que cubre mi oído cada vez que descuelgo el teléfono. Sin voz, sin respiración, sin un sonidito electrónico que me indique que la línea está abierta y dispuesta a ayudarme. Todo está enchufado, pero solo encuentro este maldito silencio.

Si la línea me quisiera ayudar, me diría que está ahí. "Piiii", me susurraría suavemente al oído. Y yo colgaría el teléfono sin necesidad de llamar a nadie, sabiendo que la comunicación es posible, sabiendo que aún me puedo salvar. Entonces me metería tranquila en la cama y dormiría plácidamente.

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Esta mañana te he intentado llamar. Una vez más, el silencio infinito ha sido la única respuesta. O la única pregunta, porque no llegué a iniciar ninguna conversación. Me pregunto por qué la línea me odia tanto o te quiere tanto. Me pregunto dónde está su corazoncito electrónico. ¿Sigue latiendo aunque no haya línea? ¿Habría línea si dejara de latir?

Antes de comer arranqué todos los cables y desatornillé todos los tornillos. Abrí despacio el teléfono, pero no encontré las lucecitas rojas que esperaba, así que lo metí en la bañera y esperé a que se ahogase. Ni un gemido, un glupglup.

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Cuando acabe el café te escribiré una carta, le pondré un sello y la echaré en el buzón. Espero de verdad que el cartero no me odie tanto o te quiera tanto. Su corazoncito sí que sé dónde está, y la bañera está todavía llena.

1.03.2010

Un mismo útero

Seguro que a ti te habrían dejado. Habrías llenado tus ojos enormes de lágrimas contenidas para mostrar que podrías llorar, pero que eres lo suficientemente mayor como para no hacerlo. Mamá y papá te habrían mirado conmovidos y habrían cedido. Los habría oído susurrar después al otro lado de la pared lo maduro que eres para tu tierna edad, cómo te habías aguantado para no montar el numerito.

Yo no juego a eso porque no sé. Si mis ojos se cubren de lágrimas, esas lágrimas salen disparadas sin poder parar. Y respiro de forma agitada y mi pulso se acelera y noto que estoy tan rojo y tan feo y quiero parar pero no puedo. Por eso nunca consigo nada. Por eso no puedo ir a ese maldito cumpleaños cuyo permiso habrías conseguido tú sin pestañear.

Iríamos juntos, pero no funciona así. Te mueres por ir, lo sé porque leí que se lo contabas a tu amiga en un email. Tengo tu contraseña, aunque tú ni lo sospeches. Sé que te encantaría ir, pero tendrías que ir conmigo y eso no lo soportarías. Le dices en broma otra vez eso de que ya estuvimos nueve meses metidos en un mismo útero, que ha sido suficiente. Ella se reirá al leerlo. Todos lo hacen.

Ahora estamos los dos mirando por la ventana. Tú piensas en todo lo que contarán en el colegio mañana. Yo pienso en que, al menos, ella no está contigo. Y deseo con todas mis fuerzas que conozca a algún otro niño y mañana ya no te dirija la palabra. Tu corazón se partiría en mil pedazos y yo me reiría aunque mi corazón estuviese en el mismo estado. Sentirías por fin lo que yo siento. Seríamos más gemelos, ahogados otra vez en un mismo útero.

3.21.2009

Odiar es de débiles

Odiarlas es tan fácil... Eso piensa mientras golpea con rabia una piedra que no va dirigida a ellas, que ya nunca irá dirigida a ellas, una piedra que rebota contra un contenedor, o contra una farola, porque el odio es de cobardes, de los que sólo lanzan piedras contra objetos inanimados.

Pero él recuerda, lo sabe por que se lo han contado, su padre, su abuelo, lo ha visto en películas y documentales, recuerda que hubo un tiempo en que los hombres eran hombres y no odiaban a las palomas, las despreciaban. Los niños llenaban las plazas y se divertían arrojando estudiados proyectiles con los tirachinas para alcanzar entre los ojos a los pobres pájaros que revoloteaban desorientados, que huían nada más ver a un niño (que ya era más hombre que cualquier hombre de mañana). Las insultaban por divertirse, aunque era tan fácil, que no generaba la satisfacción de un zorro, o incluso de una gaviota. Era un placer para los más pequeños, un entretenimiento apto para todos los públicos.

Y sin embargo, nuestros hijos, criados en el amor y en la sensibilidad, escapan nada más ver a una paloma. Qué feas, qué sucias, dicen, salvo en el día de la paz. Qué asco, dicen, pero es qué miedo. Y ellas, que lo intuyen, se acercan cada vez más, y cuando alzan el vuelo se atreven a rozar nuestros cabellos. Ellas toman nuestras calles, toman nuestro barrio, mientras nosotros nos vamos escondiendo en los portales, en las casas, en las habitaciones.

Sí, es tan fácil odiarlas ahora que ya no somos quienes de despreciarlas.