3…,4,5,6,7,8…10!
Cuando era pequeña siempre me comía algún número. Lo guardaba en el bolsillo del mandilón, y a la hora del recreo me escondía en alguna esquina, lo sacaba con cuidado, lo examinaba, lo olisqueaba, y acto seguido, mordía una esquinita, hasta terminar por engullirlo todo.
En realidad, su sabor no me gustaba mucho; todos los números tenían un regusto a goma de borrar y a lágrimas de cocodrilo. Pero sentía curiosidad. Después de haber probado el 3 se me antojó el 9, y al día siguiente el 7.
Así era mi infancia, para desesperación de mi profesora, que no podía entender cómo siendo capaz de recitar el abecedario sin siquiera dudarlo, era tan descuidada con las Matemáticas.
La pobre no podía entender que las letras ya las había probado varias veces en la sopa, ¡y cuánto me gustaban!, ¡no dejaba ni la “Z” en el plato!
Así que mi infancia transcurrió de esta manera, un tanto desequilibrada. Mi madre llegó a preocuparse, ya que algunas cifras se me indigestaban, y después de comer bostezaba rabos de cincos, o se me quedaba la pata de un 4 entre los dientes.
Afortunadamente, mi curiosidad gustativa cesó al llegar a la treintena. A pesar de que esa forma redondeada me atraía sobremanera, mi estómago se alegró de no haber tenido que comerse el infinito.
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2.17.2010
8.21.2006
La metamorfosis
Ahora todo es diferente, claro, y la redescubro en sus nuevas dimensiones, enormes dimensiones.
Terroríficas.
Es difícil identificar el antes y el después, siempre es complicado. Cuando te retuerces de dolor, con las manos en la tripa, recuerdas que el chocolate tenía un sabor extraño, una textura térrea, algo así. Pero lo tragaste entero. ¿Sabes? Yo ahora reconstruía la historia. La veía dormir y podía discernir las señales.
Nunca me cayó bien. O es ahora que lo pienso. Igual si me caía bien, igual nunca me pareció rara. Pero no teníamos una relación muy estrecha, eso me tranquilizaba, me dejaba respirar. Llegaba a la habitación y ella estaba en silencio, era amable, nos saludábamos. Fin. A veces hablábamos de chicos, o de estudios o de conceptos metafísicos, pero sin pasarse. No éramos amigas. Y ahora pienso que ella no tenía amigas, pero no es algo que hubiera pensado antes.
Ahora tiemblo y ella duerme. Y yo no sé si escapar, si llamar por telefono, si despertarla, si matarla. Ahora entiendo su desidia y su forma indolente de caminar. Pero también entendería su hiperactividad y una manera intermitente de descansar. Porque a posteriori, todo es coherente. El problema es que ella ha roto mi imagen. Ella estaba allí inmovilizada, su cara, su cuerpo, su pasividad, sus buenas notas, su fruta, su silencio.
Y de repente el cuchillo y la sangre.
Terroríficas.
Es difícil identificar el antes y el después, siempre es complicado. Cuando te retuerces de dolor, con las manos en la tripa, recuerdas que el chocolate tenía un sabor extraño, una textura térrea, algo así. Pero lo tragaste entero. ¿Sabes? Yo ahora reconstruía la historia. La veía dormir y podía discernir las señales.
Nunca me cayó bien. O es ahora que lo pienso. Igual si me caía bien, igual nunca me pareció rara. Pero no teníamos una relación muy estrecha, eso me tranquilizaba, me dejaba respirar. Llegaba a la habitación y ella estaba en silencio, era amable, nos saludábamos. Fin. A veces hablábamos de chicos, o de estudios o de conceptos metafísicos, pero sin pasarse. No éramos amigas. Y ahora pienso que ella no tenía amigas, pero no es algo que hubiera pensado antes.
Ahora tiemblo y ella duerme. Y yo no sé si escapar, si llamar por telefono, si despertarla, si matarla. Ahora entiendo su desidia y su forma indolente de caminar. Pero también entendería su hiperactividad y una manera intermitente de descansar. Porque a posteriori, todo es coherente. El problema es que ella ha roto mi imagen. Ella estaba allí inmovilizada, su cara, su cuerpo, su pasividad, sus buenas notas, su fruta, su silencio.
Y de repente el cuchillo y la sangre.
8.03.2006
Las guerras barrigudas
Barriga que crece, que se expande hasta tensar la piel como un tambor y hacer del ombligo una válvula de contención que si se abriera provocaría que la barriga, la inmensa barriga se deshinchase como un globo, lanzando a la deriva el pequeño mundo que en su interior había nacido, había crecido, y ahora se hallaba en ese punto crítico en el que la evolución parece querer volver hacia atrás, y el progreso es un poco confuso, y la felicidade se materializa en pequeños aparatitos que vibran y emiten músicas que nos hacen canturrear, y se nos cansan los ojos delante de pantallas de plasma, e inventamos grandes armas de destrucción que aniquilan civilizaciones para instaurar lo que algunos señores llaman democracia, y todo corre deprisa, y el mundo es un fluir, sin pausas, con pequeñas comas y ni un sólo punto y aparte(bueno, sólo a veces, como ahora).
Se lo habían advertido. Jamás te comas las pepitas de las manzanas, porque te crecerá un árbol en la barriga. Pero no hizo caso, porque la vida es mucho más divertida cuando asumes riesgos. Eso pensaba. Se comió todas las pepitas que pudo, y en su barriga brotó un pequeño arbolito, que se hizo grande y tuvo manzanas. De las manzanas salieron pequeñas criaturas, similares a gusanos, pero con bracitos y piernas y un tacto suave y delicado. Comenzaron formando pequeñas tribus familiares, y poco a poco empezaron a plantar árboles por doquier y crearon extensos cultivos. Se alimentaban de frutas. Con el paso del tiempo, semanas, quizá meses (estos animalitos evolucionaban muy deprisa), construyeron hermosas casas con la madera de los árboles, crearon escuelas, bancos y tiendas, muchas tiendas. Y los bichitos hembra se compraban abrigos de piel. Y los bichitos macho relojes de última generación y bigotes puntiagudos. Los más pequeños aparatitos de esos con pantallas. Eran bastante felices, o eso creían. Ya habían descubierto el dinero, así que se deslomaban para ganar y ganar, y luego gastar y gastar. A veces tenían depresiones y se cogían una baja. Luego volvían a gastar y se olvidaban de sus problemas por lo menos hasta la hora de la cena.
Hace una semana se enfadaron con sus vecinos los bichitos del intestino. Ellos no estaban tan evolucionados. Sólo comían lo que los bichos de la barriga no querían, los restos. Los bichos barrigudos se vanagloriaban de sus logros, jajajaj, qué poco han evolucionado,míralos, comiendo basura, sin escuelas, ni tiendas, ni restaurantes. Y las señoras de pieles se llevaban las manos a la cabeza y con un gesto un tanto dramático exclamaban: "¡Pobrecillos, debemos hacer algo!". Y algo hicieron. Los señores de bigotes puntiagudos decidieron invadir la tierra de los bichos del intestino, porque, pensaron, hay que llevar la democracia a ese deprimido pueblo. En realidad pensaban que un punto tan estratégico como el intestino (que proporcionaba la salidad del cuerpo, claro está), sería clave para la expansión del imperio de los bichos barrigudos.
A la propietaria de la barriga no le importaban ni las guerras ni los imperios, sólo el dolor de barriga que tenía, que se expandía hasta los mismos intestinos, y que la hacía retorcerse de dolor. Por un momento tuvo la tentación de destapar la válvula de su ombligo y acabar con todos los habitantes que poblaban su cuerpo.
Se lo habían advertido. Jamás te comas las pepitas de las manzanas, porque te crecerá un árbol en la barriga. Pero no hizo caso, porque la vida es mucho más divertida cuando asumes riesgos. Eso pensaba. Se comió todas las pepitas que pudo, y en su barriga brotó un pequeño arbolito, que se hizo grande y tuvo manzanas. De las manzanas salieron pequeñas criaturas, similares a gusanos, pero con bracitos y piernas y un tacto suave y delicado. Comenzaron formando pequeñas tribus familiares, y poco a poco empezaron a plantar árboles por doquier y crearon extensos cultivos. Se alimentaban de frutas. Con el paso del tiempo, semanas, quizá meses (estos animalitos evolucionaban muy deprisa), construyeron hermosas casas con la madera de los árboles, crearon escuelas, bancos y tiendas, muchas tiendas. Y los bichitos hembra se compraban abrigos de piel. Y los bichitos macho relojes de última generación y bigotes puntiagudos. Los más pequeños aparatitos de esos con pantallas. Eran bastante felices, o eso creían. Ya habían descubierto el dinero, así que se deslomaban para ganar y ganar, y luego gastar y gastar. A veces tenían depresiones y se cogían una baja. Luego volvían a gastar y se olvidaban de sus problemas por lo menos hasta la hora de la cena.
Hace una semana se enfadaron con sus vecinos los bichitos del intestino. Ellos no estaban tan evolucionados. Sólo comían lo que los bichos de la barriga no querían, los restos. Los bichos barrigudos se vanagloriaban de sus logros, jajajaj, qué poco han evolucionado,míralos, comiendo basura, sin escuelas, ni tiendas, ni restaurantes. Y las señoras de pieles se llevaban las manos a la cabeza y con un gesto un tanto dramático exclamaban: "¡Pobrecillos, debemos hacer algo!". Y algo hicieron. Los señores de bigotes puntiagudos decidieron invadir la tierra de los bichos del intestino, porque, pensaron, hay que llevar la democracia a ese deprimido pueblo. En realidad pensaban que un punto tan estratégico como el intestino (que proporcionaba la salidad del cuerpo, claro está), sería clave para la expansión del imperio de los bichos barrigudos.
A la propietaria de la barriga no le importaban ni las guerras ni los imperios, sólo el dolor de barriga que tenía, que se expandía hasta los mismos intestinos, y que la hacía retorcerse de dolor. Por un momento tuvo la tentación de destapar la válvula de su ombligo y acabar con todos los habitantes que poblaban su cuerpo.
7.27.2006
Trampolines y besos
Una, dos y tres. Pensaba que podría hacerlo como cuando me tiraba al agua desde aquella roca tan alta, en la playa que había frente a la casa de mis tíos. Coger impulso, correr, una, dos, tres y ya, notar nada bajo los pies, hacerse irremediable el salto. Pensaba que podría hacerlo, y me repetía uno, dos, tres o incluso la cuenta atrás, tres, dos, uno y... y entonces cerraba los ojos muy fuerte, echaba el cuerpo hacia delante y dejaba que los brazos me aleteasen en el vacío hasta caer sobre él y chocar con su boca. Pero un par de milímetros antes, irremediablemente, el freno en seco, no puedo no puedo no puedo no puedo y allí me quedaba, a punto de rozar su nariz, sabiéndome ridícula y con la descarada piel de gallina. Él lo notaba supongo, pero no hacía nada, salvo preguntarme ¿tienes frío? así, sólo por humillarme. Él, tan consciente, tan estable, tan sabiéndose con el control. Yo enfrente, con cara de tonta, frotándome los brazos, intentando que no se notase el temblequeo.
Quedábamos todos los días, me hablaba de cuando era pequeño, de cuando fuera mayor, de su familia, de sus amigos, de lo mucho que me quería, pero ni un sólo beso. A veces al acompañarme a casa me abrazaba muy fuerte y lo sentía moviéndose contra mí, colocando su cara frente a la mía, y yo me decía, después de esto tiene que llegar el amor, o al menos algo que se le parezca. Él se separaba, decía: te llamo mañana y se iba, tan tranquilo. Yo me quedaba diez minutos más en el portal, con el corazón a punto de estallar, hasta que sentía unas ganas incontrolables de vomitar que me subían desde las tripas, porque tanta tensión no podía ser buena. Subía a mi casa y me tiraba en la cama. Inventaba teorías y sacaba conclusiones. Pero no entendía por qué por qué por qué no era la mujer de su vida.
Tres años así es demasiado para cualquier persona. Los días de mucho calor me llevaba a comer con sus abuelos y después llenábamos la bañera de agua. Me sacaba la camiseta, me sacaba el pantalón. Yo esperaba, ansiosa. O iniciaba la cuenta atrás, tres, dos, uno mejor que me rechace que morirme de ganas. Pero no era capaz, ya sé, la culpa es mía. Me quedaba con él abrazándome e intentando no llorar. A veces iba a tomar algo con otros chicos que sí me besaban en el portal. Él gimoteaba como un condenado y pataleaba y me decía que no pensaba que yo pudiera ser así. Yo le calmaba, le decía que él ya sabía que yo le iba a querer siempre, y a punto estaba de decirle que porque no un beso, o muchos, o todos, pero le veía tan feliz, tan completo, que me sentía mal, insaciable.
De todas formas un día tomé una determinación. Le senté enfrente de mí, le cogí las manos y anuncié: voy a desenamorarme de ti.
Y no era una amenaza, ni un haz algo rápido que lo impida. Era sólo la comunicación de mi error.
Porque yo creía que le iba a querer siempre y de todas las maneras.
Pero mi amor no era suficiente.
Él se acercó, en ese momento por supuesto, cuando ya era tarde. Se acercó, cerró los ojos y se inclinó hacia mí. Yo me separé, secretamente encantada de los tres años que le esperaban, de convulsiones, de temblequeos, de dolor de barriga.
Quedábamos todos los días, me hablaba de cuando era pequeño, de cuando fuera mayor, de su familia, de sus amigos, de lo mucho que me quería, pero ni un sólo beso. A veces al acompañarme a casa me abrazaba muy fuerte y lo sentía moviéndose contra mí, colocando su cara frente a la mía, y yo me decía, después de esto tiene que llegar el amor, o al menos algo que se le parezca. Él se separaba, decía: te llamo mañana y se iba, tan tranquilo. Yo me quedaba diez minutos más en el portal, con el corazón a punto de estallar, hasta que sentía unas ganas incontrolables de vomitar que me subían desde las tripas, porque tanta tensión no podía ser buena. Subía a mi casa y me tiraba en la cama. Inventaba teorías y sacaba conclusiones. Pero no entendía por qué por qué por qué no era la mujer de su vida.
Tres años así es demasiado para cualquier persona. Los días de mucho calor me llevaba a comer con sus abuelos y después llenábamos la bañera de agua. Me sacaba la camiseta, me sacaba el pantalón. Yo esperaba, ansiosa. O iniciaba la cuenta atrás, tres, dos, uno mejor que me rechace que morirme de ganas. Pero no era capaz, ya sé, la culpa es mía. Me quedaba con él abrazándome e intentando no llorar. A veces iba a tomar algo con otros chicos que sí me besaban en el portal. Él gimoteaba como un condenado y pataleaba y me decía que no pensaba que yo pudiera ser así. Yo le calmaba, le decía que él ya sabía que yo le iba a querer siempre, y a punto estaba de decirle que porque no un beso, o muchos, o todos, pero le veía tan feliz, tan completo, que me sentía mal, insaciable.
De todas formas un día tomé una determinación. Le senté enfrente de mí, le cogí las manos y anuncié: voy a desenamorarme de ti.
Y no era una amenaza, ni un haz algo rápido que lo impida. Era sólo la comunicación de mi error.
Porque yo creía que le iba a querer siempre y de todas las maneras.
Pero mi amor no era suficiente.
Él se acercó, en ese momento por supuesto, cuando ya era tarde. Se acercó, cerró los ojos y se inclinó hacia mí. Yo me separé, secretamente encantada de los tres años que le esperaban, de convulsiones, de temblequeos, de dolor de barriga.
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