11.07.2010
De organismos aeróbicos y anaeróbicos
Cada día, millones de personas en el mundo se levantan con el objetivo de no respirar. “A ver cuánto aguanto hoy”, se dicen. Y así transcurre su jornada, haciendo todo lo posible por no respirar, y aún así, no morir del todo. Así que, trabajan, trabajan y trabajan con el cuello bien agarrotado; corren, corren y corren con el ordenador, la compra, los niños, o cualquier otro objeto pesado encima; se ahogan subiendo las escaleras; se meten en el coche y se atragantan con un poco de humo; o bien se aprietan la corbata o se abrochan la camisa hasta el último botón. Un reto universal que cada día tiene más adeptos.
Pocos lo han conseguido, porque requiere un gran sacrificio y hay que estar muy bien dotado y entrenado para poder (sobre)vivir sin respirar. Muchos se rinden, y se entregan a un mundo en el que las corbatas se aflojan, la gente se estira de vez en cuando en el trabajo cuando nadie mira, en las oficinas se cuentan chistes, en los parques se corre a pleno pulmón, se camina despacio, y a veces, uno, sin más, respirar por respirar.
Pero qué le vamos a hacer si el mundo está lleno de cobardes empeñados en seguir siendo aeróbicos.
3.25.2008
Y sonará una llave
Los sonidos de lo cotidiano nos hacen sentirnos bien. El ruido de la cafetera, cuando la llave atraviesa la cerradura y las luces se encienden y… (oh, es él!), o…(oh, es ella!).
No hay nada mejor que eso. Nada que supere acurrucarse bajo las mantas, enredarse un poco y suspirar. Parece que todo lo que se encuentra fuera de nuestro dominio nocturno da un poco igual. Y qué importa si mañana hay que ir a trabajar, y será otro día aburrido, o peor, otro día estresante que parece no tener fin. Nos dejará exhaustos, infelices, con la sensación de haberlo hecho todo mal y con un oscuro futuro por delante que se nos antoja eterno. Siempre ligados a esa mesa, siempre ligados a esa silla, y a ese ordenador feo que encima usa Windows.
Con lo bien que se está en casa, con la calefacción puesta, nuestra música preferida, el dulce tacto de nuestro Mac (y como dijo aquella vez Milkdoor, oh, Macintosh, mon amour!), y tener la sensación de que en cualquier minuto, en cualquier instante, sonará una llave en la cerradura y se encenderán las luces.
9.06.2006
Aposentos reales
Sangre azul corría por sus venas, pero sólo en algunas ocasiones. Se sentía príncipe cuando se sentaba la mesa y colocaba con extrema precisión los cubiertos. Y disponía pequeñas raciones con mucho gusto. Otras veces le daba por hacer lo contrario. Comía grandes porciones de carne que arrancaba con los dientes vorazmente, emulando a los grandes monarcas de la Edad Media. Después encendía la radio, e imaginaba que los locutores eran mensajeros que le traían noticias de mundos lejanos.
- Mi honorable alteza, hay una nueva guerra en el Líbano.
- ¿Otra vez? ¡Haz llamar a los consejeros! Debemos trazar una estrategia.
Entonces se ponía las zapatillas, se sentaba frente a un espejo y fruncía el ceño. Delibero, delibero. Estoy deliberando, se decía. En realidad hacía poco más que arquear las cejas y ensayar posturas faciales.
A veces pensaba en su princesa. Ella vivía en el bloque de enfrente. Dormía enredada en una mosquitera y cada noche colocaba un pequeño guisante bajo su colchón. A la hora del desayuno siempre se lamentaba.
- ¡He dormido fatal! Alguien ha colocado un guisante bajo mi grueso colchón
Después encendía la tele y se interesaba por el estado de la nobleza europea. Y los ojos se le ponían tristes porque los príncipes se iban casando y temía quedarse soltera. También se sentía molesta por la poca seriedad de los príncipes de hoy en día. Que si se drogan, que si se dedican a tocar pechos plebeyos. Se sentía tan sola... Y encima ese loco, el pobre hombre que vivía en los establos que daban a su ventana no dejaba de mirarla. Levantaba la vista y ahí estaba el, arqueando las cejas como un tonto. Su patetismo la irritaba profundamente.
- ¿No se da cuenta de que es un plebeyo?