Infinito. Así es el silencio que cubre mi oído cada vez que descuelgo el teléfono. Sin voz, sin respiración, sin un sonidito electrónico que me indique que la línea está abierta y dispuesta a ayudarme. Todo está enchufado, pero solo encuentro este maldito silencio.
Si la línea me quisiera ayudar, me diría que está ahí. "Piiii", me susurraría suavemente al oído. Y yo colgaría el teléfono sin necesidad de llamar a nadie, sabiendo que la comunicación es posible, sabiendo que aún me puedo salvar. Entonces me metería tranquila en la cama y dormiría plácidamente.
************
Esta mañana te he intentado llamar. Una vez más, el silencio infinito ha sido la única respuesta. O la única pregunta, porque no llegué a iniciar ninguna conversación. Me pregunto por qué la línea me odia tanto o te quiere tanto. Me pregunto dónde está su corazoncito electrónico. ¿Sigue latiendo aunque no haya línea? ¿Habría línea si dejara de latir?
Antes de comer arranqué todos los cables y desatornillé todos los tornillos. Abrí despacio el teléfono, pero no encontré las lucecitas rojas que esperaba, así que lo metí en la bañera y esperé a que se ahogase. Ni un gemido, un glupglup.
**************
Cuando acabe el café te escribiré una carta, le pondré un sello y la echaré en el buzón. Espero de verdad que el cartero no me odie tanto o te quiera tanto. Su corazoncito sí que sé dónde está, y la bañera está todavía llena.
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3.01.2010
Infinita maldición
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5.09.2007
Cacao con sangre
"Entenderlo está prohibido" susurró uno de sus compañeros mientras le agarraba por la muñeca tan fuerte que se oyó un crujido. Después se echó a reír.
El novato sólo fingía que temblaba. Otro error. Pero sonaba temblorosa su voz cuando preguntó: ¿Qué quieres decir con prohibido?
El compañero echó la cabeza para atrás, señalándole algo. El novato no era un imbécil de los que miran el dedo y no la luna, pero no pudo evitar reflexionar cuando vio el pelo, lacio, sucio que se agitaba con cada gesto de su compañero. Pensó que quizá no era como ellos. Que nunca aprendería las reglas básicas.
"Prohibido significa que si el jefe te escuchase cortaría tu cabeza" dijo antes de escupir.
Y el novato tragó saliva."Prohibido estará decirle al extranjero que entendemos su lengua, no entenderla ¿no? Por si nos genera empatía"
El otro escupió de nuevo. Y ni siquiera le brillaban los ojos cuando exclamó "Cortaría tu cabeza" y casi conmovido, añadió "Aqui no te servirá la retórica".
Pasado el sobresalto de escuchar una palabra de más de tres sílabas dentro del barco, volvió a reflexionar. Sí, es cierto, aquí no servía la retórica. Ya no tenía que llorar como una plañidera mientras contaba su triste historia para recibir comida. No tenía que inventar dulces palabras para amar a las hijas de los nobles. No tenía (sobre todo esto) que esgrimir razones para poder matar. Pues estamos en el paraíso original, anterior incluso a ese fatídico momento en que a Dios se le dió por nombrar cosas. Aquí la violencia no está recubierta de palabras.
Paseó de proa a popa y de babor a estribor y pensó un poco en volver a tierra firme. Ya sabía que la vida en el oceáno no era cómo se la imaginaba. O mejor, que era justo como se la imaginaba pero que eso no resultaba especialmente divertido. Harto de no poder mentir porque nadie confiaba en su palabra. De no poder planear un asesinato lleno de sangre, porque era justo lo que se esperaba de él. En el lugar más excepcional de la tierra... o debería decir, hasta en el mismo paraíso, todo es mediocre. Y añoró un poco la hipócrita sociedad que había abandonado en un místico acceso a la Verdad, que había considerado tan especial. A saber cuantos tipos como él habían explorado la depravación buscando excitación o buscando esencia. Y lo peor, a saber cuantos antes se habían planteado justo eso que él iba a hacer ahora, por aburrimiento o arrepentimiento.
Bajó a la escotilla y desató al extranjero. El extranjero le miró a los ojos. El novato le dijo en su idioma "Te entiendo". Esperó cinco minutos, diez, veinte. El extranjero no hacía nada.
El capitán entró. No se puede decir que estuviera demasiado sorprendido. Desenvainó desapasionadamente su sable. El novato asió con fuerza unas cuerdas mientras le gritaba al extranjero "Si subes por la derecha encontrarás un bote. Huye"
El extranjero corrió, subió por la derecha y encontró un bote. No pudo huir, porque quien ya había acabado con el capitán le estranguló con sus propias manos; y si al menos llegase el cosquilleo en la tripa que tanto esperaba...
Se acurrucó perezosamente a la espera de que alguien viniera a vengarse y se durmió pensando en chocolatinas.
El novato sólo fingía que temblaba. Otro error. Pero sonaba temblorosa su voz cuando preguntó: ¿Qué quieres decir con prohibido?
El compañero echó la cabeza para atrás, señalándole algo. El novato no era un imbécil de los que miran el dedo y no la luna, pero no pudo evitar reflexionar cuando vio el pelo, lacio, sucio que se agitaba con cada gesto de su compañero. Pensó que quizá no era como ellos. Que nunca aprendería las reglas básicas.
"Prohibido significa que si el jefe te escuchase cortaría tu cabeza" dijo antes de escupir.
Y el novato tragó saliva."Prohibido estará decirle al extranjero que entendemos su lengua, no entenderla ¿no? Por si nos genera empatía"
El otro escupió de nuevo. Y ni siquiera le brillaban los ojos cuando exclamó "Cortaría tu cabeza" y casi conmovido, añadió "Aqui no te servirá la retórica".
Pasado el sobresalto de escuchar una palabra de más de tres sílabas dentro del barco, volvió a reflexionar. Sí, es cierto, aquí no servía la retórica. Ya no tenía que llorar como una plañidera mientras contaba su triste historia para recibir comida. No tenía que inventar dulces palabras para amar a las hijas de los nobles. No tenía (sobre todo esto) que esgrimir razones para poder matar. Pues estamos en el paraíso original, anterior incluso a ese fatídico momento en que a Dios se le dió por nombrar cosas. Aquí la violencia no está recubierta de palabras.
Paseó de proa a popa y de babor a estribor y pensó un poco en volver a tierra firme. Ya sabía que la vida en el oceáno no era cómo se la imaginaba. O mejor, que era justo como se la imaginaba pero que eso no resultaba especialmente divertido. Harto de no poder mentir porque nadie confiaba en su palabra. De no poder planear un asesinato lleno de sangre, porque era justo lo que se esperaba de él. En el lugar más excepcional de la tierra... o debería decir, hasta en el mismo paraíso, todo es mediocre. Y añoró un poco la hipócrita sociedad que había abandonado en un místico acceso a la Verdad, que había considerado tan especial. A saber cuantos tipos como él habían explorado la depravación buscando excitación o buscando esencia. Y lo peor, a saber cuantos antes se habían planteado justo eso que él iba a hacer ahora, por aburrimiento o arrepentimiento.
Bajó a la escotilla y desató al extranjero. El extranjero le miró a los ojos. El novato le dijo en su idioma "Te entiendo". Esperó cinco minutos, diez, veinte. El extranjero no hacía nada.
El capitán entró. No se puede decir que estuviera demasiado sorprendido. Desenvainó desapasionadamente su sable. El novato asió con fuerza unas cuerdas mientras le gritaba al extranjero "Si subes por la derecha encontrarás un bote. Huye"
El extranjero corrió, subió por la derecha y encontró un bote. No pudo huir, porque quien ya había acabado con el capitán le estranguló con sus propias manos; y si al menos llegase el cosquilleo en la tripa que tanto esperaba...
Se acurrucó perezosamente a la espera de que alguien viniera a vengarse y se durmió pensando en chocolatinas.
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12.22.2006
Preludio a una tragedia navideña
-¿Cristal por Navidad? No entiendo qué quieres hacer con eso.
Yo, mientras tanto, me mordía las uñas y sopesaba cual sería el mejor. No, el mejor no, el más efectivo. Pasaba las yemas de los dedos por el corte irregular del cristal, mientras ella me miraba con consternación revolver en la papelera.
Ella nunca entendía nada ¿de acuerdo? No tenía esa facultad. Siempre soltaba frases grandilocuentes y conclusiones precipitadas. En este momento podía verla con el ceño bien fruncido ante el esfuerzo de pensar qué manualidades sabía yo hacer con vidrio. Me compadecí de ella.
-No es un regalo. No es material de regalo. Es un arma.
Ahora le dolería todavía más el cerebro, me cogería del brazo e intentaría apartarme del contenedor, y sobretodo de esa absurda idea. Porque ella sabía que aunque aún ignorase los detalles, cualquier idea mía era a la fuerza absurda. Le especificaría que iría a tu casa con el cristal cuando tus padres no estuviesen, que te amenazaría y que tendrías que besarme hasta que te gustase. Ella negaría con su cabecita repetidas veces, y me entrarían ganas de clavarselo sin más. No lo haría, entonces con voz de mujer experimentada, me diría: "Eso no es amor, ¿sabes?, no es amor".
¡Oh! Claro, perdona, lo olvidaba.
Porque para qué explicarle, que quien de verdad sufre, antes que llorar se arranca los ojos, y que quien de verdad ama, antes que desvanecerse, muere.
Yo, mientras tanto, me mordía las uñas y sopesaba cual sería el mejor. No, el mejor no, el más efectivo. Pasaba las yemas de los dedos por el corte irregular del cristal, mientras ella me miraba con consternación revolver en la papelera.
Ella nunca entendía nada ¿de acuerdo? No tenía esa facultad. Siempre soltaba frases grandilocuentes y conclusiones precipitadas. En este momento podía verla con el ceño bien fruncido ante el esfuerzo de pensar qué manualidades sabía yo hacer con vidrio. Me compadecí de ella.
-No es un regalo. No es material de regalo. Es un arma.
Ahora le dolería todavía más el cerebro, me cogería del brazo e intentaría apartarme del contenedor, y sobretodo de esa absurda idea. Porque ella sabía que aunque aún ignorase los detalles, cualquier idea mía era a la fuerza absurda. Le especificaría que iría a tu casa con el cristal cuando tus padres no estuviesen, que te amenazaría y que tendrías que besarme hasta que te gustase. Ella negaría con su cabecita repetidas veces, y me entrarían ganas de clavarselo sin más. No lo haría, entonces con voz de mujer experimentada, me diría: "Eso no es amor, ¿sabes?, no es amor".
¡Oh! Claro, perdona, lo olvidaba.
Porque para qué explicarle, que quien de verdad sufre, antes que llorar se arranca los ojos, y que quien de verdad ama, antes que desvanecerse, muere.
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