11.15.2008

Un terrible error

“Doble ciego” continuas diciendo, con la cara entre las manos; “un terrible error” gimoteas, como el científico loco que siempre has querido ser tras descubrir que una de las ranas era en realidad un sapo. “No podré vivir con esto, no podré”. El problema es que a pesar de tu inestabilidad, de tu propensión a la incomprensión, nunca serás un genio. Simplemente un policía corriente y moliente, un vulgar comisario que presiona demasiado a los testigos cuando les enseña la foto del sospechoso.

A mí me aburre sobremanera escuchar cada día los mismos suspiros pero finjo como puedo. Te abrazo en la cama, acaricio tu cuerpo tembloroso y te digo que no es el fin del mundo, que cada día mueren millones de personas, que hay animales a los que incluso matan sin ningún tipo de consideración sólo para jugar.

Tú me miras como si fuera YO la que estuviera loca. “Ese es tu problema” me dices, “incapaz de sentir algo por las personas crees que encariñarte con los animales te convierte en humana”.

Yo contraataco rápidamente y te explico que tú, incapaz de una relación sincera, eliges a los extranjeros, a aquellos que por motivos lingüísticos, nunca podrán acceder a ti. Tú acusas el golpe, recordando, imagino, a tu adorada búlgara, tu primer amor, tu único amor, tu verdadero amor, micro-relación acabada abruptamente cuando Bulgaria entró en la Unión Europea por razones que nunca has querido precisar, y que se relacionan con el hecho de que tú no eras ni su primer, ni su único, ni su verdadero amor.

Tu adorada búlgara, tan bonita y tan dulce, y con un nivel de inglés tan deficiente como el que por entonces era el tuyo. Tu amada búlgara que podía ser todo lo que tú quisieses, todo lo que tú inventases. Tu bella búlgara, que a pesar de no entender nada de lo que decías, o quizá justo por eso, sabía mantenerte atado a este mundo justo tal y como yo no sé. Yo sólo puedo revolotear, un cuervo alrededor de otro cuervo, picoteando tus ojos aquí y allí, pero hasta encarnizarme lo hago sin demasiada convicción.

Salpicamos de sangre las ventanas, pero ni siquiera así conseguimos caer al suelo.

10.25.2008

Compraría siempre el doble

Nueces que el doctor nos prohibió hace ya unos años y que de alguna forma nos unieron para siempre. "¿Cómo vivir sin nueces?" -me pregunté al salir del hospital. Me senté en la parada del autobús y entonces saliste tú con la misma mirada compungida. "Nueces también, ¿verdad?", te pregunté.

Tantos años confiando en ellas. Las nueces son buenas para el corazón e incluso para la inteligencia. Unas cuantas nueces a la semana y todo iría mejor. Y sin embargo las erupciones cutáneas continuaron hasta que un día no pudimos respirar y acabamos un mes ingresados. Estábamos en habitaciones contiguas, pero no supimos que nuestro problema era el mismo hasta que nos dejaron salir. Éramos alérgicos a las nueces y no había mucho que hacer.

Aquel día en la parada del autobús decidimos superar nuestra adicción juntos. Ninguno de los dos quería morir, y sabíamos que era posible, unas nueces más y acabaríamos como aquellos casos suecos que el doctor nos hizo conocer enseñándonos informes médicos y certificados de defunción. “Esto es serio, ¿sabes?”.

Ahora te veo sentado en la cama temblando de fiebre y no sé qué hacer. Son los mismos síntomas, pero me juras que no has tomado ni una sola nuez desde entonces. Llamo a la ambulancia y te examinan una y otra y otra vez. “¿No ha tomado nueces?”, pregunta el doctor extrañado.

Tres semanas después, el doctor me coge de la mano y me lo explica todo. "Es posible, es posible que no fuesen las nueces. Le haremos pruebas a usted también, posiblemente pueda volver a tomarlas".

Para ti ya es tarde, pero todos los días compro dos raciones de nueces en tu honor. Si supiera lo que te mató, también compraría el doble.

9.30.2008

Sabor añejo

Caramelo para viejos. Sabe a mentolado, a alcanfor y a pan con vino. A veces lo escondo el bolsillo, porque a ella no le gusta -dice que se me sube el azúcar-, pero cuando se gira… Ummm, ese sabor. Cuando lo chupas bien el caramelo para viejos sabe a tiza, a bicicletas en verano, y a bailes en la verbena.

Ella dice que lo olvide, que por mucho que la tecnología haya avanzado y ahora la juventud se mastique con nostalgia, siempre seré un viejo. Pero yo no me resigno, y a veces como uno detrás de otro hasta empachar. Y entonces los días en la escuela se mezclan con mis primeros amores, y soy un niño arrugado que escribe la “p” como una “q”.

Pero me gusta el riesgo, porque hay un punto, entre el tercer y el cuarto caramelo, en el que llego al momento justo. Aquella tarde en el lago, cuando sellamos nuestro pacto de amistad, aquella carta de letras retorcidas, los rizos de Anna, el sol de medianoche.

Es curioso como nos obsesionan los recuerdos. Y no lo entiendo, porque saben a guardado. Ni siquiera nuestros ilustres científicos han conseguido que sepan a fresa, a limón o a helado de nata con nueces.

8.20.2008

El oso de peluche está escondido

Antojo de algo prohibido (cómo no), volver a ese momento (delicioso) en el que el Demonio tienta mis siete años de impresionable colegiala. Ver el envoltorio en el suelo, machacado, recogerlo sin que nadie se de cuenta, abrirlo despacito, meter el caramelo espachurrado en mi boca, sentir todo ese sabor estrambótico apoderándose de mí. Antojo de aquel caramelo, de aquel y de ninguno más. Antojo de volver al principio, a los errores originales, desandar paso a paso el camino que me ha llevado hasta demasiado lejos.

He recorrido mundo. Simulo reírme con vosotros, estancados, petrificados, mientras pienso en otros asuntos, siempre más importantes. Trato de explicaros que no quiero, que no puedo volver a casa. El universo es vasto y debo explorarlo todo. No espero que me entendáis.

Después, de noche, sueño con colarme en aquella casa. Meterme bajo la cama, abrir la caja, soplar el polvo, sacar el oso de peluche, y abrazarlo para siempre. No necesito más. Soy la misma niña que se asegura bien, mirando de reojo, de que nadie le vea tragarse el caramelo.

7.25.2008

Jeg reiser alene

Dedos como los suyos podrían envolver a la Tierra y hacerla girar a su antojo. Kjell se mira las manos antes de posarlas sobre las teclas del piano. La luz de la tarde las hace aún más bonitas, tan blancas y estilizadas. Segundos después, sus dedos de pianista hacen que los martillos golpeen las cuerdas y suena una hermosa melodía.

Kjell tiene una obsesión con sus manos. Le gusta observarlas igual que observa a la gente que todos los días pasa por su pensión. La gente viene y se va, pero sus dedos siempre continúan pegados a sus manos y eso lo tranquiliza. Kjell recibe a todas esas personas venidas de distintos rincones del mundo y se siente enormemente frustrado cuando le devuelven las llaves de la habitación y se marchan. Tanta gente de la que nunca sabrá nada. A sus dedos los conoce bien, sus dedos nunca lo abandonan.

A veces Kjell le echa la culpa a la lluvia. Es fácil cuando vives en un rincón del mundo en el que cae agua del cielo 270 días al año. Kjell cree que si no lloviese, sus huéspedes no se marcharían y que podría tocar el piano para ellos durante meses. Y café tras café, llegaría a lo más profundo de cada uno de ellos y se obsesionaría con sus historias y no con sus dedos. A veces a última hora de la tarde se ve un poquito de cielo azul.

Kjell sale de la pensión y no llueve. Pasea por el puerto y decide, bajo la estatua de Håkon VII, acabar con su obsesión. Esa noche recoge sus cosas y se sube a un barco en el que le dejan tocar el piano. Le han dicho que va a llegar a un lugar parecido a Escocia.

El cielo está gris cuando desembarca. Paga por una cama en una pensión y nota que la chica de recepción se mira las manos. Kjell envuelve con sus dedos el globo terráqueo que lleva en su bolsillo y lo hace girar a su antojo.

7.06.2008

cálido reposo

Sepulcro, tierno sepulcro. Entre tus piedras me gusta reposar, respirar tu húmedo aliento, sentir tu frío roce. Se está tan bien, aquí dentro, disfrutando de tu calmo reposo…

Tú que nada me exiges, tú, mi querido sepulcro, que me acoges entre tus paredes, me dejas anidar en tu pétreo lecho, sin pedir nada a cambio. De haberlo sabido, si tan siquiera hubiese imaginado tu cálido recibimiento, hubiese venido a tu encuentro mucho antes.

Hoy ha venido a traerme flores, azules. No sabría decirte de qué tipo porque yo no entiendo de botánica. Pero me han gustado. Creo que nos harán buena compañía. Y me ha hablado. Ha carraspeado, se ha arrodillado junto a mí, junto a ti, junto a nosotros, y me ha dicho. Te traigo unas flores, espero que te gusten. Y no ha sido capaz de decir nada más. Supongo que no es fácil hablar a un muerto.

No te preocupes, no estoy triste. No creas que me encuentro sola. Te tengo a ti, tengo este silencio, esta tranquilidad, este reposo. Y tengo mis recuerdos y mis sueños, tejiendo su tela de araña entre mis dedos.

4.08.2008

Más definitivo que el amor

Acabado como la segunda, la tercera, o la cuarta vez que dejaste de fumar “para siempre”. Sí, me gustaría que fuese uno de esos finales de mentirijillas, de herida con salsa de tomate, una de esas cosas que se sueltan para que la gente te deje tranquila, para no tener que escuchar una y otra vez que te estás matando, que no sabes lo que haces, que no sabes lo que quieres, que eres tan débil. Acabado como en segundo de primaria cuando el farolillo de papel que tenía que repetir una y otra vez. Puedes hacerlo mejor, me decía la profesora, si no te esfuerzas te quedarás sin recreo. Pero yo no quería esforzarme por una estúpida manualidad y cada cinco minutos iba a junto de ella y le mostraba la obra maestra: un papel lleno de tijeretazos que ni siquiera podía mantenerse erguido si yo no sujetaba (intentando que no fuera del todo evidente) los distintos barrotes inconsistentes entre los dedos. Acabado como cuando juré que no volvería a casa sola tan tarde, que pasaba demasiado miedo, que no merecía la pena. O como cuando discutí con una amiga y decidí no verla más, castigarla con mi indiferencia, no cogerle el teléfono si no hacía un vía crucis de rodillas hasta la puerta de mi casa.

Acabado como se acaban las cosas que no deben acabar, que fueron hechas para ser circulares, in crescendos eternos que culminan en una desintegración que no precede más que a la reunificación de las partículas. Acabado como las venganzas en las películas, como las historias de amor en los poemas petrarquistas: me quemo por dentro, amor, la única que puede apaciguar mi dolor es la que aviva el fuego. Oh, ángel mío, la muerte es dulce en comparación con esta enfermedad que me consume, quítame de una vez la vida. Pero los problemas tampoco terminaban ahí, todos sabíamos (nos lo habían cantado en otro soneto) que la muerte no era más que una ilusión, que el fuego y el infierno son eternos.

Este debía ser uno de esos finales, uno de los nuestros también. Uno de esos finales de gritos, lágrimas, portazos y un silencio sólo roto por los vítores de la pronta reconciliación.

Podría haber sido uno de esos finales, ¿por qué no? Pero mientras me lavaba las manos en la pila de la cocina, mientras dejaba que el agua arrastrase tanto asco, tanta sangre ajena, me dí cuenta de que no se oía nada.

Tras tanta agitación, silencio de sepulcro.

3.31.2008

Los que nos salvarán

Luces que parpadean es todo lo que recuerdo de aquella primera noche en el río. El día había sido corto, como todos los días de invierno, y había pasado la tarde acurrucada en el sofá. Fue entonces cuando sonó el teléfono y tuve que salir corriendo dejándolo todo atrás. Mi casa, mi vida. El puente y una voz llamándome desde la orilla. “Ada…aquí…”. Miré hacia el río y vi aquellas luces centelleantes. Después, vacío.

Llovió toda la mañana siguiente mientras yo tiritaba tumbada en la tierra y mi corazón latía nervioso. “Escondámonos, Ada”, y agarré la mano que se tendió ante mis ojos. Estaba fría y un poco falta de color, es lo que recuerdo que pensé de aquella mano de dedos largos que me guiaba firme hacia la vieja nave industrial.

Tenías el pelo negro y sucio de polución cuando te quité la capucha, y me mirabas con ojos asustados. “Oh, Ada, ¿qué haremos ahora? ¿Qué haremos ahora que el río es tan gris?”. En un primer momento no lo entendí y lo único que hice fue escuchar el sonido metálico del agua contra el techo. Tuvieron que pasar unos minutos hasta que me diera cuenta de tus ojos tan iguales a los míos, tan rojos y tristes, y con aquel brillo sobrenatural, eléctrico, centelleante. Como las luces en el río.

“Ahora…”, dije. ¿Qué podíamos hacer? ¿Qué podíamos hacer con un río putrefacto lleno de peces muertos y líquenes marchitos? Y noté que empezaba a llorar despacio y tus dedos de vampiro –fríos, blancos, sin vida –acariciaban mi cara temblorosos. Te volviste a poner la capucha y miraste alrededor. “¿Ves esta nave, este lugar tan sucio? Viviremos aquí y todo brillará hasta que nosotros nos apaguemos. Iremos todas las noches hasta el río y le daremos un poco de nuestra sangre verde y volverá a estar vivo”.

Creí que me despertaría justo ahí, en el momento en el que minutos más tarde nos sumergíamos en el agua podrida y con una cuchilla oxidada nos hacíamos cortes en las palmas de las manos. “Oh, Ada, estamos salvando el planeta”, dijiste cuando llegamos de nuevo a la nave. Sonreíste por primera vez y supe que hacía demasiado frío como para estar soñando.

Ilja, mi pequeño y gélido y pálido Ilja. He visto una flor y estoy cansada.

Durmamos, Ada. Ya hemos acabado.

3.25.2008

Y sonará una llave

Historias que comienzan en un salón cualquiera, en una ciudad un tanto gris y opaca. En bata azul hospital, con un libro en las manos, y la banda sonora de un película triste pero esperanzadora llenando la habitación y meciéndonos en una melancolía de esas que no amargan porque sabemos que son de mentira.

Los sonidos de lo cotidiano nos hacen sentirnos bien. El ruido de la cafetera, cuando la llave atraviesa la cerradura y las luces se encienden y… (oh, es él!), o…(oh, es ella!).

No hay nada mejor que eso. Nada que supere acurrucarse bajo las mantas, enredarse un poco y suspirar. Parece que todo lo que se encuentra fuera de nuestro dominio nocturno da un poco igual. Y qué importa si mañana hay que ir a trabajar, y será otro día aburrido, o peor, otro día estresante que parece no tener fin. Nos dejará exhaustos, infelices, con la sensación de haberlo hecho todo mal y con un oscuro futuro por delante que se nos antoja eterno. Siempre ligados a esa mesa, siempre ligados a esa silla, y a ese ordenador feo que encima usa Windows.

Con lo bien que se está en casa, con la calefacción puesta, nuestra música preferida, el dulce tacto de nuestro Mac (y como dijo aquella vez Milkdoor, oh, Macintosh, mon amour!), y tener la sensación de que en cualquier minuto, en cualquier instante, sonará una llave en la cerradura y se encenderán las luces.

3.24.2008

Eurolines 3

Historia de una chica que coge el autobús sin saber el destino, pienso en algo así, pero mientras, traqueteo en un trayecto cuyo destino conozco perfectamente. No hay demasiado espacio para la sorpresa. Lo más reseñable de aquí ¿qué es? ¿Esta sucia chica de delante con los calcetines rotos al aire?
No esperaba esto, la verdad. Tener que mentir para que parezca que soy capaz de ir más allá de todas mis historias tan tontas. Mis viajes predecibles, mis amantes atractivos, mis reflexiones edulcoradas, mis proyectos minúsculos y aún así nunca realizados. Y la chica de delante que se recuesta y ya apenas puedo respirar.
Tenía esperanzas, esta vez, otra vez. Creía que yendo sola a una ciudad tan literaria las aventuras se sucederían. ¿Qué es lo que falla? Yo siempre estoy abierta a lo emocionante. Camino por la calle con los ojos bien abiertos. Sonrío a los vagabundos. Entro en todos esos sitios que parecen fascinantes y nunca lo son. Apenas puedo respirar y seguro que es el tipo de persona que se tumbará en el suelo, entre los asientos, si no encuentra su postura.
Tengo que llegar a alguna conclusión. Una transformación. No puedo seguir inventándolo todo. No puedo decirles... Cómo se recueste más la mato. Estoy harta de tanto egoísmo y sobretodo, de tanta zafiedad.



Cómo se incomoda. Lo noto en su respiración, cada vez más agitada. Se revuelve. No sabe si decirme algo. Al fin y al cabo me estoy pasando. Invadiendo su espacio. Empuja suavemente el asiento, como si fuera a darme por enterada. No sabe. No sabe que nosotros, los que nos recostamos, los que escupimos en los andenes, los que empujamos al salir del metro, los que mezclamos impunemente materiales en los contenedores para reciclaje, los que recibimos miradas de reprobación pero pocas veces palabras, somos libres. Orgullosas motas de polvo en los ojos de sus historias.

Eurolines II

Vida fue siempre una palabra grande, de esas cuya semántica te marea porque no ves sus bordes.


Federico sube al autobús algo nervioso e incómodo. Después de tantos años aún le cuesta entender el lituano y es incapaz de comprender a ese puñado de personas que son como el sur en el norte. Vilna y sus alrededores y estos últimos años serían lo más extraño en la vida de Federico, si no fuese porque el pasado de Federico es difícil de superar en grandeza.

Se sienta y piensa en que alguien podría contar su historia. Alguien que supiese escribir, alguien que pudiese llegar al fondo. Los detalles que se nos escapan a todos, como la emoción escondida tras la exclamación "¡sesenta y tres!" al entrar en Letonia.

Por eso Federico habla mucho de su vida. Roma y la física. La juventud inestable e incierta que toma rumbo gracias a un recorte de periódico. Karl von Frisch y las abejas. Lo cuenta una y otra vez y no es fácil. No es fácil hablar de una obsesión que le ha llevado tan lejos y le ha arrebatado tantas cosas. Las abejas o yo, dijo Ciara hace tantos años. Su respuesta es aún sorprendente.

Y tras años y vueltas al mundo danzando como las abejas pero sin rumbo, abandona su obsesión y aterriza en Vilna mareado y sin reina ni comunicación. El pequeño Guido está en Italia con Ciara y de vez en cuando vuelve de visita.

Acaricia su libretita y tacha un día más. Un día importante, hemos tocado el país sesenta y tres. Y queda un día menos para su jubilación.

Yo tengo un sueño, le dice a la chica que está sentada a su lado. Me jubilaré y tendré una colmena o dos. Y todo volverá a ser como antes.

Ella mira con interés. Quizá sea quien algún día escriba su historia.

9.16.2007

Eurolines


Chocolatinas, una botella de agua, unos chicles y un par de libros. No necesitaba nada más. Sólo aguardar, ver pasar los campos, y las casas, y las ciudades, alguna que otra parada en alguna que otra deprimente gasolinera, y entonces, su destino.

De las biografías de los grandes artistas de la historia había aprendido que la inspiración siempre nace del viaje. Que las novelas, y los cuadros, y las poesías, se inspiran en la belleza de nuevos paisajes, de nuevas costumbres, de nuevos amores. En los últimos meses todo lo alteraba, todo lo hacía empequeñecer, sentirse más triste, un ovillo de angustias que se iba retorciendo, y al final sólo se encontraba a si mismo sumido en su ansiedad. Era un círculo vicioso, un principio y un final que eran lo mismo. Y cada día la lana de ese ovillo se llenaba de más polvo, y entonces al aislamiento se unía una suciedad demoledora.

Tenía que hacer algo que rompiese con su vertiginosa destrucción. Era necesario un cambio drástico, y esta ruptura con la decadencia viajaba en aquel autobús. Eurolines era una línea de autobuses que podría considerarse como de bajo coste. Sus autocares (hermosa palabra) recorrían toda Europa (e incluso llegaban a África) y en su mayoría transportaban a jóvenes mochileros y a emigrantes que volvían de visita a su país. Y entre ellos, Jules, con sus rastas y su libro de poesía, parecía más bien uno de esos americanos hippies que deciden cambiar las barras y las estrellas por la bicicleta holandesa y los cafés literarios. Se sentía bien. En ese momento, el bosque dejó paso a una zona industrial de grúas y chimeneas, y su compañera de asiento farfullaba extrañas palabras en algún idioma eslavo, mientras engullía una salchicha y un trozo de pan. Era curioso, pensaba Jules, que esas pequeñeces pudieran hacerle tan feliz. Era precisamente eso lo que necesitaba, pequeños retazos de vida, porque en lo diminuto, se decía, está la poesía.

Jules sacó unas chocolatinas y respiró hondo. ¿Sería cierto? ¿Encontraría la inspiración en su nuevo destino? ¿O lo hacía sólo por huir? Se imaginaba viviendo en una lúgubre buhardilla, comiendo sándwiches de queso y emborrachándose por las noches. La máquina de escribir ya era demasiado, pero quizá podría redactar a mano, olvidarse del ordenador. Al fin y al cabo, estaba a punto de empezar una nueva vida.

5.09.2007

Cacao con sangre

"Entenderlo está prohibido" susurró uno de sus compañeros mientras le agarraba por la muñeca tan fuerte que se oyó un crujido. Después se echó a reír.

El novato sólo fingía que temblaba. Otro error. Pero sonaba temblorosa su voz cuando preguntó: ¿Qué quieres decir con prohibido?

El compañero echó la cabeza para atrás, señalándole algo. El novato no era un imbécil de los que miran el dedo y no la luna, pero no pudo evitar reflexionar cuando vio el pelo, lacio, sucio que se agitaba con cada gesto de su compañero. Pensó que quizá no era como ellos. Que nunca aprendería las reglas básicas.

"Prohibido significa que si el jefe te escuchase cortaría tu cabeza" dijo antes de escupir.

Y el novato tragó saliva."Prohibido estará decirle al extranjero que entendemos su lengua, no entenderla ¿no? Por si nos genera empatía"

El otro escupió de nuevo. Y ni siquiera le brillaban los ojos cuando exclamó "Cortaría tu cabeza" y casi conmovido, añadió "Aqui no te servirá la retórica".

Pasado el sobresalto de escuchar una palabra de más de tres sílabas dentro del barco, volvió a reflexionar. Sí, es cierto, aquí no servía la retórica. Ya no tenía que llorar como una plañidera mientras contaba su triste historia para recibir comida. No tenía que inventar dulces palabras para amar a las hijas de los nobles. No tenía (sobre todo esto) que esgrimir razones para poder matar. Pues estamos en el paraíso original, anterior incluso a ese fatídico momento en que a Dios se le dió por nombrar cosas. Aquí la violencia no está recubierta de palabras.

Paseó de proa a popa y de babor a estribor y pensó un poco en volver a tierra firme. Ya sabía que la vida en el oceáno no era cómo se la imaginaba. O mejor, que era justo como se la imaginaba pero que eso no resultaba especialmente divertido. Harto de no poder mentir porque nadie confiaba en su palabra. De no poder planear un asesinato lleno de sangre, porque era justo lo que se esperaba de él. En el lugar más excepcional de la tierra... o debería decir, hasta en el mismo paraíso, todo es mediocre. Y añoró un poco la hipócrita sociedad que había abandonado en un místico acceso a la Verdad, que había considerado tan especial. A saber cuantos tipos como él habían explorado la depravación buscando excitación o buscando esencia. Y lo peor, a saber cuantos antes se habían planteado justo eso que él iba a hacer ahora, por aburrimiento o arrepentimiento.

Bajó a la escotilla y desató al extranjero. El extranjero le miró a los ojos. El novato le dijo en su idioma "Te entiendo". Esperó cinco minutos, diez, veinte. El extranjero no hacía nada.

El capitán entró. No se puede decir que estuviera demasiado sorprendido. Desenvainó desapasionadamente su sable. El novato asió con fuerza unas cuerdas mientras le gritaba al extranjero "Si subes por la derecha encontrarás un bote. Huye"

El extranjero corrió, subió por la derecha y encontró un bote. No pudo huir, porque quien ya había acabado con el capitán le estranguló con sus propias manos; y si al menos llegase el cosquilleo en la tripa que tanto esperaba...

Se acurrucó perezosamente a la espera de que alguien viniera a vengarse y se durmió pensando en chocolatinas.

4.28.2007

Sum, ergo..

Existir es lo mejor que nos puede pasar, nos dijo justo antes de subirse al tren, sin poder creer que nosotros, precisamente nosotros, no fuéramos capaces de entenderlo. Ahí se rompió todo, él desapareció para siempre y lo fuimos olvidando poco a poco, dejamos de intentar comprender dónde estaba el optimismo en aquella frase que nos había dicho con los ojos brillantes de entusiasmo y que nosotros habíamos tomado como una incitación a la conformidad y al aburrimiento. Envió un par de postales desde lugares cada vez más lejanos en las que preguntaba si ya lo habíamos entendido, y después las únicas noticias que tuvimos provenían de gente que se lo había encontrado por casualidad en los rincones más extraños del mundo.

Creo que la primera en comprender fue la chica pelirroja que nos dijo que lo había visto en Vilna luchando por la independencia de un barrio en el que te pedían pasaporte para entrar. Cada vez que nos hablaban de él, nosotros nos entristecíamos pensando que nunca podría ser feliz, lo imaginábamos perdido en trenes cruzando fronteras de forma enfermiza. Pero la chica pelirroja abrió mucho los ojos y exclamó que no podíamos hablar en serio, y cuando le preguntamos si entonces le había visto feliz se rió, se rió ampliamente y con un poso de desprecio y pena dijo que ahora sabía por qué se había tenido que ir. Unos días después nos encontramos de nuevo con ella en la estación, en la misma estación donde años antes se había roto todo, y accedió a explicárnoslo.

Y realmente parecía tan obvio, tan fácil de comprender, que era difícil no desear volver atrás en el tiempo para poder sonreírle y darle la palmadita en la espalda que habría ayudado a mantener el contacto. ¿Cómo no ser feliz si lo mejor que nos puede pasar es algo constante? Era realmente increíble que nosotros, precisamente nosotros, no hubiésemos sido capaces de entenderlo.

4.09.2007

Mi ciudad invisible

Bueno, si tengo que elegir… elijo vivir en una ciudad de balcones, callejuelas y azoteas. Sabes, siempre me han encantado las ciudades del sur, en las que las casas se conectan unas con otras a través de puertezuelas, y las ventanas son indiscretas y se puede saltar de una terraza a otra. Y por las noches, sillas fuera, conversaciones al fresco. Y las estrellas. Y por el día, blanco resplandeciente en el exterior, y siesta de persianas bajadas en el interior.

Si pudiera elegir, también me gustaría un niño de enormes ojos y piel tostada. No sé, hoy me he levantado mediterránea. Y si miro al Atlántico… oh, qué frío. Pero quien sabe, quizá mañana se me de por hacerme polar, y desear intensos ojos azules, noches eternas, montañas nevadas, y una taza de té bajo una manta de piel de oso.

¿Y por qué no tenerlo todo? Una ciudad inventada, como las de Italo Calvino, una ciudad invisible que cambie cuando a uno se le antoje. Y los barrios sean totalmente distintos el uno del otro: aquí paisaje tirolés, allá ropa tendida al sol, y más allá el Patio de los Leones, y un desierto de naranjos, y una plantación de cacao, y bacalaos a secar. Entonces, en un mundo así, todo sería cambiante. También las profesiones, y si uno quiere, los gustos y las aficiones. Hoy deseo ser una escritora solitaria y vivir en una casa-barco en medio de un canal. En mis tiempo libres haré punto de cruz, mientras medito sobre las respuestas a los principales enigmas del universo. Sin embargo, quizá mañana me decida por la pintura, y me acerque hasta la plaza mayor con el fin de representar el inevitable paso del tiempo, y tomarme un clara de limón. Tengo la sensación de que en mi ciudad, a pesar de poder elegir, todo el mundo se dedicaría al arte. En un mundo que lo tiene todo, todo es representable. En un mundo que podría tenerlo todo, todo es imaginable. Mi ciudad invisible lo es todo y a la vez todo podría serlo. O un día, si cualquiera lo desea, dejar de existir.

3.12.2007

De porqué debe morir a los 17 años

- ¡Profesora!
- ¡Profe!
- ¡Señorita!

Ella, dulce, buena, bella, atiende a a los niños con amabilidad. Sus cabecitas revolotean alrededor de su falda. Le agarran la mano, la llaman, exigen su atención. Ella se reparte entre los 30 , tratando de ser justa, ecuánime, dándoles a todos los mismos minutos, porque no llega con ser dulce, bella, buena.

-¡ Profe! ¿Qué le regalarás en el Bautizo?

Silencio sepulcral. Un murmullo que sólo percibe porque está susceptible, dice: "ella no está invitada".

No es verdad que los niños sean brutalmente crueles. No aquí, en este estúpido reino en el que todos se conocen y todos se quieren, en este lugar sin localización concreta ni cronología, como han sido siempre los paraísos. Los niños se avergüenzan de su indiscrección. Pero se preguntan en voz baja porque nadie la aprecia; y ella también se lo pregunta. Sí, desde el principio, sea cuando sea eso. Es un reino con pocos habitantes, sonrientes personas que se saludan en el mercado, que se invitan a tomar té, que no tienen problemas de dinero ni de salud, que se acuestan temprano y duermen bien. Y ella es como los demás, nada la diferencia. Sonríe en el mercado, distribuye invitaciones para tomar el té que nadie acepta, no tiene problemas de dinero ni de salud, se acuesta y levanta temprano, duerme bien. Y sin embargo, el cartero ha ido dejando caer en cada buzón un sobre rojo, con el sello real, y todos los habitantes regocijados leen la buena nueva. Van a bautizar a su única hija, y quieren compartir ese momento con todos los súbditos. Pero ella no ha recibido la carta. Ella no existe. Ella educa a sus hijos, los convierte en las personas que estaban destinadas a ser. Su labor, más importante que la de un cirujano en un lugar donde apenas existe la sangre, no consigue hacer de ella una mujer querible.

Y ella intenta que sus alumnos no vean las lágrimas. Ellos, al fin y al cabo, sí la quieren. Hasta los 17 años aún le dan la mano por la calle y le desean lo mejor. ¿Qué ocurre después? ¿Qué cambia?

Pero los niños saben siempre qué sienten aquellos a quienes aman, al menos un rato. Los 30 escriben desapasionadamente, luchando en sus mentes a la procura de una idea. Se muerden las uñas, tiritan, se hieren los puños. Nunca antes tal esfuerzo intectual. Pero no son mágicos. Suena la campana, vuelven a casa, y su memoria, proporcional a su tamaño, es incapaz de registrar su impulso empático.

La profesora se pasa toda la noche gritando, hasta que se le aparece su joven hada madrina, porque una chica sencilla, dulce y bella debe recibir esa visita al menos una vez en la vida. El hada, más simple y limitada de lo que se suele pensar, se compadece de ella y le ofrece un deseo, sólo uno. "¿Qué pides?", la anima, "¿Que todos te quieran?"

No.



NO.


Lo que quiero es tener poder para emprender acciones que justifiquen su odio.

Al instante se convierte en otra cosa. Se le aparecen ropajes negros y varita. Y no sólo participará en el bautizo, sino que será casi la protagonista a través de una maldición en forma de rueca.

Los inocentes son los únicos que lo ignoran. Quien es justo, dulce, bello nunca ha podido ser bueno.

3.06.2007

Orígenes absurdos

¡¡Desnudos es una palabra sin sentido!!

Y veinte cabecitas se vuelven hacia Joff, que se ha levantado tirando la silla al suelo y tiene los brazos extendidos. La profesora suspira una vez más.

¿Sí, Joff? ¿Algo que quieras compartir con nosotros?

Joff se da cuenta ahora de la situación. Sus compañeros ríen. La tiza se desintegra entre los dedos nerviosos de la profesora.

¿Joff?

Joff duda. Su descubrimiento es sin duda importante, lo mejor que le ha pasado hoy, lo mejor de toda la semana, y hoy es jueves. Pero varios años de experiencia en la institución escolar le han enseñado a no mostrar su entusiasmo. Especialmente a no mostrar su entusiasmo por la etimología en clase de Matemáticas. A no gritar en clase de Biología que el panteísmo es la respuesta. No está de acuerdo, pero sabe que es mejor callar.

Nada.

Más tarde, en el recreo, no puede dejar de pensar en la palabra “desnudo”. Se siente un poco mal e intenta convencerse a sí mismo de sus razones lingüísticas, pero imagina a alguien preguntándole en qué palabra piensa (Joff cree que es una pregunta normal) y a sí mismo contestando.

Desnudo.

¿Qué pensarían de él?

Y sin embargo era cierto. “Desnudo” significa todo lo contrario, porque “nudus” no significa “vestido”. Y sonríe tanto que se le olvidan las veinte cabecitas y la tiza desintegrada en la mano de su profesora.

2.24.2007

Un suicidio ejemplar

Muere y nada. No sucede nada. Al menos, se dijo, por lo menos, una breve reseña en los periódicos. Pero nada, ni una columnita de última hora, ni siquiera un mísero breve. No sabía, pobre iluso, que el código deontológico de los periodistas lo prohíbe. De los suicidios no se habla. Por respeto, y por no incitar a más suicidas. Pero el suicidio no llama al suicidio, se diría, es el amor, el amor desdichado, el amor no correspondido, el que produce tanta sangre. Cómo evitar las metáforas, cómo evitar referirse a los corazones partidos, al sin ti yo muero, si están en todos los libros, en todas las canciones, en todas las películas. Si hasta los trovadores sufrían las altanerías de las mujeres casadas a las que amaban. Y suspiraban bajo su balcón, y clamaban a la muerte. Porque hasta la despiadada muerte es más dulce que un amor frustrado.

Pero la angustia siempre lo había acompañado. Siempre fue depresivo, desde que era pequeño y soñaba con ser poeta, o declamador, o artista. La inspiración sólo llega a través del sufrimiento. Así que se encerraba en su habitación. Leía. Lloraba. Se miraba al espejo con incorruptible seriedad. Jamán tomaba el sol, y no dormía para mantener sus ojeras. Por supuesto, jamás jugaba con otros niños. Su juego era la tristeza. Su vida era como un teatrillo en el que continuamente se representaba un drama del que el era protagonista. Y en eso consistía todo. Si había pescado para comer se llevaba las manos a la cabeza con grave gesto, y demandaba a los dioses una respuesta por tan sufrida existencia. Si los Reyes Magos no le traían el libro que quería lloraba por tan fatal destino. El más minúsculo contratiempo constituía un auténtico drama.

Así que imaginad a este trágico niño convertido en adulto. En un adulto enamorado y jamás correspondido. En un adulto ojeroso y sombrío que pasa las noches en vela llorando de desdicha. Sólo este mustio y pálido personaje podría enamorase de ella. La artista que pintaba desnudos. Y que importaba que su arte fuera absurdo y de mal gusto. No importaba porque en sus cuadros todos sonreían. Al igual que ella. Sociable, alegre, elegante, atractiva. La eligió porque le proporcionaría sufrimiento. Era imposible que ella, esa fuente de vida, se enamorara de él, un frustrado poeta que, de tanto aspirar a artista acabó trabajando de vigilante de un museo.

Decidió que el suicidio era la única opción. El acto sublime que lo encumbraría. Todos los artistas se hacen famosos tras una muerte prematura y trágica. Sólo olvidó una cosa: tan concentrado estaba en sufrir para alcanzar la inspiración que jamás llegó a crear nada. Ni siquiera una obra tan horrorosa como la de su amada, la pintora de grotescos desnudos.

12.22.2006

Preludio a una tragedia navideña

-¿Cristal por Navidad? No entiendo qué quieres hacer con eso.

Yo, mientras tanto, me mordía las uñas y sopesaba cual sería el mejor. No, el mejor no, el más efectivo. Pasaba las yemas de los dedos por el corte irregular del cristal, mientras ella me miraba con consternación revolver en la papelera.

Ella nunca entendía nada ¿de acuerdo? No tenía esa facultad. Siempre soltaba frases grandilocuentes y conclusiones precipitadas. En este momento podía verla con el ceño bien fruncido ante el esfuerzo de pensar qué manualidades sabía yo hacer con vidrio. Me compadecí de ella.

-No es un regalo. No es material de regalo. Es un arma.

Ahora le dolería todavía más el cerebro, me cogería del brazo e intentaría apartarme del contenedor, y sobretodo de esa absurda idea. Porque ella sabía que aunque aún ignorase los detalles, cualquier idea mía era a la fuerza absurda. Le especificaría que iría a tu casa con el cristal cuando tus padres no estuviesen, que te amenazaría y que tendrías que besarme hasta que te gustase. Ella negaría con su cabecita repetidas veces, y me entrarían ganas de clavarselo sin más. No lo haría, entonces con voz de mujer experimentada, me diría: "Eso no es amor, ¿sabes?, no es amor".

¡Oh! Claro, perdona, lo olvidaba.

Porque para qué explicarle, que quien de verdad sufre, antes que llorar se arranca los ojos, y que quien de verdad ama, antes que desvanecerse, muere.

12.05.2006

Canción de invierno

Azar sería que esos lápices que afilabas con tanto esmero fueran los mismos que ella mordería ansiosa años después. Azar sería que todas las cosas que has ido perdiendo a lo largo de tu vida las hubiese encontrado ella en aceras y parques y cafeterías. Azar sería que los gérmenes que escaparon de tu boca la última vez que tosiste hubiesen llegado a la suya de forma directa y feliz.

Piensas estas cosas sentado junto a la ventana con la nariz y las puntas de los pies frías. Nieva fuera y te parece verla entre los copos, saludando como en la canción. Pero claro, piensas, con tanta nieve sería difícil verla. Te encoges y desapareces bajo la manta y la canción empieza a sonar sabiendo que la han llamado. A ti te duele un poco verte tan desnudo y te niegas a cantar el estribillo. Por si alguien te oye, por si alguien se da cuenta.

Azar sería que ella encendiese la radio y escuchase esos versos y sintiese la impetuosa necesidad de salir a perderse en la nieve. Tú tienes la cámara preparada, por si acaso ocurre, por si aparece sin avisar en el instante de azar más sublime de toda tu vida. La filmarías sin abrir la ventana, y aunque no se distinguiría nada más que una mancha borrosa que se mueve despacio al final del punto de fuga, tú verías la película una y otra vez. Así hasta el final, hasta que el negativo se quemase, hasta que la aguja del tocadiscos se rompiese de tanto acariciar el mismo surco.

Pero mientras tanto esperas dibujando con los dedos copos de nieve en el cristal.