5.22.2006

Caballos en el aire

Afilados. Así son sus dedos cuando habla. Los mueve rápido intentando dibujar sus ideas en el aire, y sus ojos miran nerviosos a su alrededor sin saber en dónde posarse. Nunca en otros ojos, por supuesto. Porque esos otros ojos nunca están donde deben estar. En sus manos. En sus dedos. Y se siente impotente cuando encuentra tantos pares de globos oculares fijos en su cara, porque su genialidad no está ahí. Su genialidad nunca sale de su boca ni de la dirección de su mirada. Su genialidad está siendo rasgada en el aire a cada segundo con sus dedos afilados.

Nadie se fija.

Mueve mucho las manos, dicen, es muy nervioso, pero no ven las figuras que traza y que durante unos instantes quedan suspendidas en el aire.

Él se queja sin decir nada. Soy un incomprendido, piensa mientras sus ojos vuelan por la habitación.

Y sin embargo nunca se da cuenta. Nunca se fija en esa mano con tres pulseras amarillas que, cuando él se va, recoge las figuras con delicadeza.

5.18.2006

Las palabras no son sólo para hacer la guerra

Latín es tu boca de niño que iba mal en la escuela. Latín son tus ojos, que tan bien mienten, que tan bien ocultan que en aquellos años te dedicabas a levantarles las faldas a las niñas y a besarles las mejillas.

Y que los libros para ti eran para jugar a los aviones de papel. Y que las palabras para ti eran para destrozarlas contra los muros, como mísiles, como dardos venenosos, gritos de guerra en el patio del colegio.

Todos los profesores opinaban que sabías latín, aunque tú nunca supiste declinar. Rosae, rosas, rosarum. Te dolía la cabeza sólo de pensarlo. Cuando la profesora escribía en la pizarra, tu pequeña cabecita volaba a paisajes selváticos en donde luchabas contra las fieras. Entonces los lápices se convertían en lanzas mortales, y pensabas que para enfrentarse con la naturaleza no se necesitaba una lengua muerta. Las palabras, qué poco valen, y más si están muertas.

Eso pensabas. Entonces alguien decidió regalarte unas palabras, regalarte el abecedario entero. La niña de la diadema roja, la que nunca te dejó que le levantaras la falda, te hizo llegar una carta.

Algunas veces, las palabras atraviesan más fieras que los lápices afilados.

5.14.2006

Isotopo también es una palabra

Ciencia no.

Se cruzaban de brazos, hacían algún adorable mohín con los labios...

Ciencia nunca.

Había dos bandos, dos bandos claramente diferenciados.

Letras no.

Colocaban las manos en las caderas, fruncían las cejas....

Letras nunca.

A veces estallaba la guerra. Bombardeo de lápices de colores. Especial ensañamiento a través de las escuadras, de los cartabones, de todo lo que no es neutral. Los diccionarios, gordos y pesados, eran deshojados con devoción, jajaja una página menos.

Se tiraban de las trenzas, se pellizcaban, se mordían. Shhhhh. Qué placer. Qué placer la sangre cuando es poquita. Quéq placer la violencia cuando no hace daño.

Qué placer el conflicto. Qué placer.

Después llegaba la profesora y disfrutaban estudiando matemáticas y latín.

5.08.2006

La culpa es de la ciencia

Caída tras caída te dice, mientras se coloca las gafas, que la culpa de todo la tiene la ciencia. Tú le sigues el juego y pones cara de asombro, y entonces con gesto fingido de suficiencia suspira que siempre tiene que explicártelo todo. Antes de la ciencia no había ni relatividad, ni inercia ni gravedad. Antes de la ciencia sólo había letras y todo era mucho más bonito, porque las leyes físicas eran flexibles, tan flexibles como la imaginación.

Habla y habla y habla y te describe aquel mundo pre-ciencia basado en las letras, y tú piensas que lo que cuenta no es cierto, que no tiene sentido, que todo el mundo sabe que no es así. Le llevas la contraria y le dices que antes de la ciencia tampoco había letras, y él se ríe y comenta con desprecio que eso es lo que te han enseñado los científicos, malditos historiadores que quieren que creamos que el mundo fue como ellos dicen.

Se sacude la tierra del pantalón y se mira las manos que ahora tienen algún rasguño nuevo. Antes de la ciencia no había sangre ni piel si tú no querías, si decidías que existiesen era únicamente por razones literarias. Sangrar por la nariz como metáfora, ya sabes. Pero en realidad no había cuerpos, ni plantas, ni agua. Sólo letras.

Le preguntas quién inventó la ciencia y por qué la gente le hizo caso, y él se agacha y toca la piedra que le hizo caer. Las letras crearon un día a la ciencia y la ciencia era un gran recurso literario. Pero entonces la gente se lo creyó todo y la ciencia se separó de la literatura y formó un mundo aparte en el que si saltabas desde un tejado te caías al suelo. Lo peor es que en ese mundo las letras eran de mentira, eran cuentos irreales.

La culpa es de la ciencia.

5.05.2006

Torpeza

Tropieza cuando ríe. Sólo cuando esboza una sonrisa. Porque la felicidad la vuelve inestable. Le basta cerrar los ojos cuando besa para perder el equilibrio. Y además siempre acompaña sus besos de un ligero levantamiento de la pierna derecha. Como en las películas. Está tan llena de convenciones que le asusta decir te quiero. (porque las palabras, dice ella, se desgastan, y cuanto menos las uses... Esas mujeres de pelo rubio y ondulado y miradas de rimel tienen la culpa. Demasiados te quiero, demasiados arrumacos junto al porche en tardes de sol. Pero siempre nos quedará Ava Gardner, aunque no fumemos, aunque no seamos capaces de matar una mosca. Pero no, reconócelo, se dice, esas cosas no te quedan bien. La mirada lánguida y el humo. El desdén. Tú eres más de ojos clavados en el suelo, de comerte las uñas, de perder el equilibrio cuando te besan. Tú eres torpe).

Y en su torpeza a veces encuentra lo que busca. Cuando la sonrisa crece, y crece, y la dentadura reluce, y los labios se estiran dibujando una gran v, ella hace ¡plaf!, y saluda a la tierra, a las paredes de mármol, al acero y al cemento. Y duele, duele de una forma inhumana. Pero al menos el dolor no se gasta. La sangre de las torpes es real. La de Ava Gardner es sólo ketchup. Y después del rodaje se lava y se va. La otra se quedará un poco más, hasta la próxima vez que eleve su mirada, se ría, y al perder de vista el suelo tropiece y la sonrisa le dure hasta el momento final de la caída.

4.27.2006

Equilibrio y circo.

Hierba la funambulista pasea por un cordel. Y la gente la mira y la gente le aplaude y la gente no sabe. ¿Hierba por qué? La gente no se pregunta, no, porque Hierba es circense y en el circo las cosas son así. Ya se sabe. Hierba no llora, Hierba no reza. Hierba es una muchachita delgadita y andrógina que recogieron un día. Hierba camina, pasito a pasito porque no teme caer. No tiene familia, no teme caer. Claro.

Y Hierba la funambulista pasea por un cordel. Y Hierba se divierte ¿Por qué no?Hierba no echa de menos un nombre, ni una decisión. Hierba se balancea para causar excitación. Pequeño golpe de efecto y finge que resbala, la gente da un respingo, y después aplaude más, mucho más.

A la gente le gusta pensar que me voy a caer, eso piensa Hierba. Hipócritas estúpidos que se llevan las manos a la boca y critican que no pongamos red. Hipócritas estúpidos que quieren ver como me caigo para recordar que están vivos y estables. Y que encima, recrean emociones de honda preocupación.

Como les gusta. Y no se lo puede decir. Hierba es discreta y además nadie la va a escuchar. Hierba está ahí para fingir que se cae. Para que los demás palmoteen entusiasmados, y para que salgan en la tele, que horror, que horror, el día en el que se caiga de verdad. Ella lo sabe pero no lo puede decir, porque si piensa en coger las fuerzas suficientes para gritarles a todos que les desprecia, se sonrojará e igual tropieza.

4.23.2006

Y los dejé en libertad

Pies, podéis iros.

Lo dijo así, sin pensar, justo antes de sentarse en la hierba y arrancar una flor. Mientras jugueteaba con ella entre los dedos, pensaba en cómo sería su vida sin pies. Pensó en que se tumbaría y se quedaría allí para siempre, viendo pasar los soles y las lunas, la gente y los insectos. Las flores crecerían lentamente y él podría arrancarlas para jugar, y nunca, nunca más se sentiría mal por llevar una vida contemplativa.

Sus pies, mientras, estarían viajando por todos aquellos lugares de los que siempre le hablaban. Recorrerían desiertos amarillos y azules, selvas húmedas y ciudades con polución. Volverían una vez al año, siempre por sorpresa, y le enseñarían mil fotos de las huellas que iban dejando.

Él seguiría allí tumbado en la hierba, como ahora, con alguna flor entre las manos. Se alegraría siempre de verlos y guardaría las fotos en el bolsillo de la camisa. Así año tras año. Al final la hierba y la tierra lo cubrirían, y entonces los pies decidirían que ya no debían viajar tanto y se quedarían a su lado.

Sonrió al imaginar las caras de la gente al pasar por el parque y ver dos pies desnudos junto a un montículo. Y justo en ese momento notó un cosquilleo y vio cómo sus pies se separaban de él. Buen viaje, pensó, y arrancó otra flor de la hierba.

4.14.2006

La noria ha dejado de girar

Ridículos. Llegaron tan tarde que la noria había parado de girar, y en su lugar tan sólo un crujido de hierros gastados y carruseles decrépitos y vacíos. Y ahora parecían estúpidos, con sus trajes de terciopelo y sus excesos etílicos. Contemplando el estatismo de la noria mientras en su cabeza todo seguía girando.

La noche había comenzado en un apartamento de luces tenues. Poco a poco los corchos dieron paso a las lenguas viperinas. Se rieron como nunca, se callaron como nunca. Se escondieron bajo los sofás, y detrás de las cortinas. No, nunca lo sabrás, porque me avergüenzo. Porque te estoy contando mis secretos. Me estoy riendo de ti. Te digo, os digo, os voy a contar un secreto. Y las miradas acechan, y la luz se vuelve todavía más tenue. Ya no se siente la música. Y el secreto rueda como el vino. Y todos los paladares lo saborean. Mmmmm, los secretos. Pero más abajo, detrás de los ojos expectantes y las manos nerviosas, hay un idiota que miente, y otros idiotas que consienten. Porque sólo os contaré de aquella noche, os acordáis, cuando creísteis que me había ido a casa...qué ingenuos fuisteis, creísteis que yo...no, en realidad acabé en otro sitio...Y mientras las bocas estallan y el vino mancha la alfombra y las gargantas...mientras tanto, no os contaré mis secretos. No sabréis por qué estaba en ese lugar, qué sentía cuando, que pensé después de que, y qué pasó en el momento en que, y sobre todo, qué siento ahora que. Y no os engañéis, compañeros del alcohol y las mentiras. La noria hace tiempo que ha dejado de girar. Pese a ello, la tierra sigue haciéndolo, bajo nuestros pies.

4.07.2006

Meteorología

Lluvia que evita que se sepa. ¿Que se sepa, qué? ¿Que eres humana? ¿Que a veces necesitas que granice para sentirte limpia?
Porque la lluvia no, la lluvia nunca, la lluvia limpia pero no hace daño. Y tú recibiste esa educación que critican por todas partes, en la que parece que no hay posibilidad de exorcismo sin flagelación. Y tú quieres que granice para que arrastre las lágrimas, las lágrimas son cursis, la misma palabra es cursi. Prefieres la sangre, que el hielo te corte y te haga sangrar. Y brote rojo, desde dentro, lo que te ensucia. Escape con la sangre, con la sangre símbolo del amor. Porque por eso el corazón es el amor y no por su absurda forma no-de-corazón. El corazón es amor porque bombea sangre. Sangre como la sangre que te hace si te muerde. Y notas el sabor en tu lengua y finges enfadarte, y cruzas los brazos. Y esperas. Porque te encanta por fin tener la excusa perfecta para hacerle daño, para hacerle sangrar, para arrancarle todo lo que te gusta de él, y poder despreciarlo de una vez, sin contemplaciones. Pero no eres capaz. Porque eres blandita, y cuando sangra mucho te preocupas y vas a buscarle algo para cerrar la herida. Y no le haces daño si no llueve, porque tú sabes lo horrible que es llorar en agosto y salir a la calle y que el aire quieto y recalentado se meta en tus ojos. Y el maldito calor impide respirar y te ahogas te ahogas te ahogas y consigues intercalar entre tanta angustia una respiración y coges aire con demasiada fuerza y te intuyes a ti misma, patética. Con todo ese calor que impide inspirar y expirar y con esos sonidos grotescos de llantos histéricos. Y como uno es valiente cuando llora, porque toda la adrenalina está abotargada ante el bello espectáculo de la autocompasión, se lanza por el sendero de la no respiración, y parece que el corazón estalla, que el bazo estalla, que todo el cuerpo se entrega a una entusiasta desintegración. Pero no pasa nada. Nada que acompañe el llorar ridículo. Así que sólo queda eso. La verdad es sólo... que somos ridículos.

4.01.2006

De la bondad humana y la perversión de las sociedades

Valiente como tu hermano, que sale a la calle sin paraguas, que nunca cierra con llave, que se baña con bandera roja. Y tú siempre tan prudente, cerrando el gas y agarrando el bolso, mirando de reojo desconfiada. Quedáis siempre en el mismo sitio, donde él pide un café solo doble y tú un cola-cao. Él te pregunta cuándo crecerás y tú le adviertes de las propiedades nocivas de la cafeína. Se ríe mientras saca la cartera para pagar, pero no paga, se va al baño y deja el dinero sobre la barra, y tú tiemblas desde la mesa y vigilas, te vuelves espía o policía de incógnito. Él vuelve y se da cuenta, dice ups y bromea con el camarero, y tú te preguntas cómo aún sigue vivo.

Al salir habláis siempre de lo mismo, de ti y de mí, de mí y de ti, de que no sabes cómo puedes ser tan imprudente, y de que mamá no te educó para desconfiar de todo el mundo. Él habla de la bondad de la gente y tú de la perversión de las sociedades. Y le recomiendas tres libros y él te recomienda respirar, y entonces pasa un coche que él no ve pero tú sí, cuidado, ups. Inconsciente.

Entonces llegáis al parque y él quiere dar de comer a los patos, pero tú le hablas del ecosistema. Tu hermano te mira mientras sigues hablando, y tú ya sabes qué va a pasar, sabes que empezará con la maldita anécdota infantil que sólo tú pareces querer enterrar. Sabe que te enfadarás, que te darás la vuelta y volverás a casa sin decirle adiós, sin quedar para otro día en otro sitio, pero no hará nada para impedirlo.

Por eso volvéis al cabo de unos días al lugar de siempre, donde él pide su café doble y tú hoy un zumo de naranja, por cambiar algo, dices. Finges seguir enfadada y él finge no darse cuenta, y ves que mira por la ventana, que llueve y que él no tiene paraguas. Que tiene el pelo empapado y que se acaba de perder en el cristal. Te pregunta por mamá y por papá también, y tú cuentas las últimas anécdotas sin importancia y él se ríe pero está triste, tú sabes que está triste.

Esta vez no vais al parque porque tú tienes cosas que hacer, pero le dejas tu paraguas. Sales decidida a la calle detrás de él justo a tiempo para ver cómo lo deja en una papelera. Piensas en cogerlo, pero hoy no. Hoy quieres probar la lluvia.

3.26.2006

Fuera de órbita

Explicativa y concisa. Como una nota de suicidio, una noticia o el horario del tren. Que no deje lugar a dudas, a suposiciones, a medias tintas. Que no deje lugar a la esperanza. Que la oprima entre sus líneas, que la estrangule entre los rabos de las letras, que la hiera con sus jotas afiladas.

Ahí, entre sus líneas, la renuncia. El miedo, la angustia, quizá la felicidad, pero siempre el adiós. Adiós porque me voy, o adiós porque te marchas. Pero siempre una despedida. Y en ella no hay manos en la gabardina y humo de locomotoras. No hay un hombre de sombrero que te agarra por los hombros y te dice: Está bien que no llores, pero tampoco pretendas fingir que no te importa.

Ahí, sobre el papel, en las sombras de los dedos que agarran el bolígrafo y se deslizan hiriendo aviones, y barcos, y bicicletas, ahí se esconde la cobardía. Las líneas se multiplican, la vista se nubla. Y ahora las líneas aparecen curvas, son un inmenso ojo de pez. Y entonces recuerdas que una vez prometiste no usar hojas rayadas. Lo hiciste aquella vez, leyendo a Cortázar. Los que usaban hojas rayadas eran los mismos que apretaban los tubos de pasta desde abajo. Juraste no parecerte nunca a ellos. Apretar la pasta de dientes hasta deformar el tubo. No asustarte por la aparente rigidez de las cosas.

¿Y entonces? ¿Qué hacías pretendiendo escribir una nota explicativa?

¿Qué hacías pretendiendo arrojarte al orden del mundo? ¿Qué haces sintiendo miedo, cuando en el desorden, en los trenes de ida y vuelta, en ellos está la felicidad?

Y pensar que miras a la luna sólo porque quieres sentirte parte del cosmos. Qué estúpida eres a veces. Pero hoy no escribirás esa nota. Hoy serás todo lo polisémica que quieras, y discurrirás fuera de órbita, valiente.

3.18.2006

Y echarme la culpa.

"Opaco, así soy". Y te encanta y te enorgulleces de ello de una forma estúpida, como se puede enorgullecer un perro de saber sentarse, que está muy bien, pero a un nivel inferior.
Y opaco te tiene oscuras resonancias de indiferencia muy fílmica y de chicas llorando que te agarran del brazo mientras gritan que no tienes corazón. Y tú sonríes, claro, porque llevas toda la vida intentando ocultarlo. Opaco porque tienes corazón. Porque si fueras translúcido y dentro hubiese sólo músculo, no tendrías de qué avergonzarte.

Así que no me busques, no me busques nunca. Deja que el hielo se clave. Hasta que sangres un poco. Porque ser opaco es estar sólo. Pero no una soledad de héroe. Una soledad patética que se clava como se clava el hielo. Porque es mejor sentir el agua que sentirse por dentro. Con el corazón que machaca y se bate contra el cuerpo y que no tiene por donde salir. Y que se agota en un centímetro cuadrado y que choca y que se parte y que rebota.

Y que nunca sirve para nada.

Porque el día en que se pare... ¡Oh!. Nisiquiera me podrás dejar una nota explicativa.

3.11.2006

Ojos de cristal

Dolor de córneas de tanto mirarse al espejo. Se está haciendo de noche, pero no enciende la luz. Para qué si ya ha memorizado la imagen. Cada curva, cada esquina, cada color. Podría dibujarse de memoria si no fuera porque no sabe dibujar. O porque sabe pero no se le da bien. O no le gusta. O no quiere. Y piensa en apartar la mirada y mover un pie y después el otro y alejarse, ir a la cocina y tomar un vaso de leche caliente. Pero la orden no llega a salir del cerebro y su mirada y sus pies permanecen ajenos a todo.

Le pican los ojos como si se le hubiesen secado. Las venitas rojas que empiezan a invadir el globo son grietas. Pestañea y se romperán en mil pedazos y sonarán a copas rotas al llegar al suelo, se dice, y no pestañea. Por si acaso.

Confía en que sea el espejo quien se canse, que se vuelva opaco o que se descuelgue y se vaya, no sin antes haberle dirigido un mal gesto (una mala imagen). Pero la única opacidad es la que se desprende de su aliento y se pega de forma momentánea a la superficie.

Quiere que todo acabe bien y lanza órdenes a su cuerpo que se pierden en alguna de las mil desviaciones nerviosas. Hacedme caso, malditos.

Entonces es cuando el agujerito del lacrimal derecho (al que siempre han considerado el más débil) se rinde y se dilata tanto que un torrente de agua salada sale precipitado hacia el lavabo. El lacrimal izquierdo maldice la simetría de los cuerpos y se dilata también, y las grietas se inundan de mar que sirve de pegamento a los globos oculares. Ahora puede cerrar los ojos, puede mover un pie y después el otro, se puede alejar. Va a la cocina y mete un vaso de leche en el microondas.

Mientras, en el cuarto de baño, el espejo se pregunta qué hará ahora que se ha vuelto opaco.

3.06.2006

Y mis manos en tu cintura

Sonoridad de relojes, de cadencias rítmicas y espaciadas. Tic, tac. Tic, tac. Y a cada tic esperaba el tac. Y a cada tac hundía su cabeza en la almohada. Ahora?ahora sí. Ahora sí lo veía. Con su sonrisa ladeada, con sus modales de Cary Grant. Y esa melodía de violines pasados de moda y movimientos de swing.

- ¿Has esperado mucho?

Ella se hacía la dura. ¿Una hora? ¿Quince minutos? ¿Toda la vida?

- Acabo de llegar


Tic, tac. Tic, tac. Sapore di sale, sapore di mare.

Entonces bailaban, como todas las noches. Los violines. Las cadencias. Los besos, los brazos. Los pasos. Las caricias. Los compases. E lasciano in boca il gusto del sale.

Por eso conocía cada paso de memoria. Por eso, sabía que justo en ese momento la pisaría. Conocía con toda exactitud el dolor que le produciría la suela de su zapato sobre sus pies descalzos. Y sabía que después se reirían. Y seguirían las caricias, los mordiscos, el amor pasado de moda. El amor que sólo se veía en las comedias románticas de los años 50 y en las telenovelas.

Y entonces el reloj de nuevo. Las cadencias espaciadas, el desamor del boletín informativo y los desayunos. Lavarse los dientes frente al espejo y esperar que llegue la noche de nuevo. Y los violines. Y los pisotones, sobre todo los pisotones. El dolor.

2.28.2006

El tipo de cuerpo de una cabaretera

"Vivir es la única certeza epistemológica" decía. Y después echaba los hombros ligeramente para atrás, como había visto hacer a Greta Garbo o a Joan Crawford,o a alguna otra de esas actrices que no lograba diferenciar. También le daba una larga calada a su cigarrillo cogido con cierta desidia con la mano izquierda "Y sin embargo, vivir no es más que esto". Dejaba caer cuidadosamente los párpados, golpe de efecto.
No podemos juzgarla porque no había tenido elección. Qué podían ofrecer estos horribles tiempos ecológicos cuando ella intuía la elegancia de un abrigo de pieles sobre su piel desnuda. Piel que sobraba, por otro lado. Su cuerpo era una desgracia. Un cuerpo que no encajaba en ningún sitio. Un cuerpo anguloso de cabaretera de posguerra, que nunca había conseguido ser mirado. No tenía un cuerpo redondito y gordito que disfrazar con ropas de alegres colores. No era menuda para llevar camisas y corbatas, ni era de grandes dimensiones para esconderse tras largas faldas oscuras y una piel pálida.
Era desgarbada, sólo eso. El tipo de cuerpo que uno se olvida en el autobús . El tipo de cuerpo del que una tiene que avergonzarse mientras el autobusero golpea suavemente su mejilla y se restrega los ojos.
Siempre lo había sabido. Nadie la tocaría. Nunca.
Luego estaba lo otro. Qué carácter. Apocado y amargo. Un carácter que cuadraba perfectamente con su cara escondida detrás de un pelo que siempre llevaba recogido. Y es que cuando estás solo, sólo te quedan los principios.
Había decidido hacerse una intelectual ya de adolescente. Hablar en los bares ahumados y cruzar las piernas. Fingir que no necesitaba a nadie. Leer a todos los existencialistas, después ir para atrás. Hasta se había leído las obras completas del insoportable de Schopenhauer. Y no era sencillo si tenemos en cuenta que no entendía nada, absolutamente nada. Manoseaba las palabras, y las metía aquí o allá, a toque de arbitrariedad. Porque para ella "certeza epistemológica" no significaba nada, pero no quería que nadie se diese cuenta. Jugueteaba con las frases como quien juguetea con un cuerpo. Pero ella no tocaría a nadie, jamás, y por eso colocaba las palabras según su forma y sonoridad.

2.25.2006

La goma de borrar

-Amor no es la palabra que buscaba.

Se sienta en la moqueta y te da la espalda. Tú no dices nada, sólo piensas en que quizá no fuese la palabra que buscaba, pero que es la que ha encontrado. Te acercas a la ventana y tienes ganas de contarle tu teoría sobre los tres arco iris. Pero te callas. Sabes que él está esperando a que te vayas, a que desaparezcas de una vez, y que seguro que se está imaginando una historia en la que él tiene una goma de borrar que elimina todo lo que no le gusta.

-Supongo que me borrarías a mí, ¿no?, dices, y él no dice nada, no te mira, no reacciona, y te preguntas si lo has dicho o si, como te pasa mucho últimamente, sólo lo has pensado. Y ya no sabes qué hacer, porque irte es demasiado fácil, pero quedarte es absurdo. No te das cuenta, pero mientras dibujas formas extrañas con tu dedo en la ventana, él gira un poco la cabeza y te mira durante un segundo, pero enseguida vuelve a su posición anterior.

Y cuando estás a punto de irte él estornuda, porque está sentado en la moqueta y esta semana nadie ha pasado la aspiradora, y aunque a él le gustaría ser imperturbable su alergia siempre le traiciona. Se toca la nariz y tú piensas en lo ridículo que es todo, en lo ridículo que es él y lo ridícula que eres tú, y en lo ridículo que es que nadie quiera limpiar la casa, que tú no quieras hablar y él no se quiera dar la vuelta.

Ahora te tendrías que ir, pero no lo haces, te sientas tú también en la moqueta y esperas. A que sea él quien se vaya, quien desaparezca. Y te gustaría tener una goma de borrar pero afortunadamente no la tienes, porque no serías capaz de usarla y te darías cuenta de que sin todo esto, sin la moqueta, los estornudos y el silencio, no podrías vivir.

2.20.2006

Y romperte en pedacitos

Mandíbulas abiertas de par en par. Se te ven las amígdalas, la garganta, se adivinan tus entrañas en el fondo de tu cuerpo. Y yo miro, miro y remiro por si descubro algo. ¿Dónde guardas los besos, los llantos, los antojos, las ganas de comer? La vida está en todos los rinconcitos de mi cuerpo, me explicas. Y yo me río, porque hablas como un catequista. Y te agarro la mano, porque estoy dispuesta a averiguar el lugar exacto en el que guardas todos tus secretos. Tampoco allí los encuentro. Estoy dispuesta a encontrarlos, aunque tenga que desnudarte, recorrer tu cuerpo, buscar en cada recobijo. Y si ni aún así lo logro, quizá pueda rasgarte, abrir tu cuerpo de par en par, ver que hay debajo de tu piel, rebuscar entre todos tus órganos, quererte desde dentro.

Te ríes, no me crees. Yo me pongo seria, y tú te ríes todavía más. Siempre me dices que no soy capaz de enfadarme. Es verdad, pero deberías creerme cuando te digo que pienso arañarte hasta que descubra qué hay debajo de tu cara, tus brazos, tu pelo, tus ojos. Te miro. Pienso en todo lo que podría hacer si supiera todo lo que quieres, lo que amas, lo que odias, lo que sueñas. Sería enormemente poderosa. Sonrío con malicia. Me acaricias. Te beso. Y romperte en pedacitos me parece la más sublime de las manifestaciones de amor.

1.31.2006

Formas de molestar

Río. Río cada vez más alto, río abriendo mucho los ojos. Río con los dedos, con los pies, me sacudo y me convulsiono.
Río sonoramente, penetro en todos los oídos, en todas las mentes. Río y palmoteo entusiasmada la pierna con la mano.

Parezco serenarme, pero nunca lo hago.

Primero una sonrisa, después un hípido, y, rápida, incontrolable, surge la carcajada, y la dejo escapar.

Ellos me miran. Todos han dicho alguna vez que reir alarga la vida, pero me miran. Y entonces sé que esto no está bien. Reiré hasta que me estallen las mandíbulas.

1.21.2006

El águila

Consumió los últimos minutos en tragar aire. Creía que así se sentiría menos pesado. Apretó los puños y salió de casa.
Los cinco primeros pasos fueron rápidos y nerviosos. Después se tranquilizó. Sus ojos miraban hacia arriba constantemente buscando pájaros a los que imitar. Intentó crear una estrategia. Primero movería los brazos hasta sentirse seguro y luego se dejaría llevar planeando. Tendría que ser como nadar.
Al subir la última cuesta sus pies se fueron manchando de tierra y verdín. Al llegar pudo ver el valle que se extendía a sus pies, y el río que se había propuesto como objetivo. Tragó aire una vez más por si lo había perdido por el camino.
Dio un paso pequeño para situarse justo al borde y cerró los ojos. Sus dedos se movían rápidos, como si estuviesen dando cuerda a algún artilugio. Contó hasta tres. Hasta cinco. Mejor hasta diez. Vaciló un momento.
Pensaba en qué pasaría si nada era como ella le había dicho. Si al saltar su cuerpo no quedaba suspendido en el aire, si no flotaba y se hundía sin saber nadar. Recordó el pelo tapándole los ojos mientras se lo decía. Recordó cómo se había reído después.
Y si ella había saltado, por qué no lo iba a hacer él. Y si ella había dicho que era fácil, por qué no lo iba a ser.

Una ráfaga de viento lo empujó y él se dejó caer. Y vio su pelo y sus ojos una vez más, y sintió que era cierto, que ella no le había mentido. Después se hundió en el río.

1.01.2006

Era aceite, vísceras, espejos

Sucia. Desnuda de llantos. Su cuerpo vacilaba, se descubría ante el espejo, y se miraba, tan lleno de vísceras. Entonces corría hasta la cocina, llenaba un vaso de agua y lo colocaba en el alféizar de la ventana. Si hacía sol el agua danzaba en círculos por las paredes del vaso. Una fiesta de cristales. Ella quería ser pura como la luz. Quería ser una mujer de vidrio, frágil y dura. Llenar su copa hasta el borde y soltar burbujitas de felicidad.

Aquel día, cuando volvió a su cama las sábanas continuaban revueltas. Se tumbó boca arriba y contó las motas de polvo. Se palpó el cuerpo. Continuaba desnuda. No quería sentirse así, como si hubiese entregado su cuerpo por un capricho, por amor. Lo había hecho, ella lo había hecho. Cedió. Y aquel capricho la consumió, la apagó. Gastó toda su luz en aquella ocasión. Desde entonces, cuando rozaba el cuerpo desnudo de un hombre la carne se volvía de aceite, y el aire se cargaba de palabras inútiles y falsas. De mentiras. Sabía que no era justo sentirse así. Sentir que cuando no hace sol el agua no sabe igual.

Cada aproximación era un intento por recuperar su luz. La cercanía de los cuerpos. El roce, el aliento. Siempre el aceite. Y después del aceite el reconocimiento frente al espejo. Y luego las carreras desnuda por casa, colocando grandes vasos de agua en todas las ventanas, palpándose el cuerpo, sintiéndose llena de vísceras. Hasta aquel día. Cuando abrió la puerta, derramó el líquido, y la balsa de aceite se consumió.