4.01.2006

De la bondad humana y la perversión de las sociedades

Valiente como tu hermano, que sale a la calle sin paraguas, que nunca cierra con llave, que se baña con bandera roja. Y tú siempre tan prudente, cerrando el gas y agarrando el bolso, mirando de reojo desconfiada. Quedáis siempre en el mismo sitio, donde él pide un café solo doble y tú un cola-cao. Él te pregunta cuándo crecerás y tú le adviertes de las propiedades nocivas de la cafeína. Se ríe mientras saca la cartera para pagar, pero no paga, se va al baño y deja el dinero sobre la barra, y tú tiemblas desde la mesa y vigilas, te vuelves espía o policía de incógnito. Él vuelve y se da cuenta, dice ups y bromea con el camarero, y tú te preguntas cómo aún sigue vivo.

Al salir habláis siempre de lo mismo, de ti y de mí, de mí y de ti, de que no sabes cómo puedes ser tan imprudente, y de que mamá no te educó para desconfiar de todo el mundo. Él habla de la bondad de la gente y tú de la perversión de las sociedades. Y le recomiendas tres libros y él te recomienda respirar, y entonces pasa un coche que él no ve pero tú sí, cuidado, ups. Inconsciente.

Entonces llegáis al parque y él quiere dar de comer a los patos, pero tú le hablas del ecosistema. Tu hermano te mira mientras sigues hablando, y tú ya sabes qué va a pasar, sabes que empezará con la maldita anécdota infantil que sólo tú pareces querer enterrar. Sabe que te enfadarás, que te darás la vuelta y volverás a casa sin decirle adiós, sin quedar para otro día en otro sitio, pero no hará nada para impedirlo.

Por eso volvéis al cabo de unos días al lugar de siempre, donde él pide su café doble y tú hoy un zumo de naranja, por cambiar algo, dices. Finges seguir enfadada y él finge no darse cuenta, y ves que mira por la ventana, que llueve y que él no tiene paraguas. Que tiene el pelo empapado y que se acaba de perder en el cristal. Te pregunta por mamá y por papá también, y tú cuentas las últimas anécdotas sin importancia y él se ríe pero está triste, tú sabes que está triste.

Esta vez no vais al parque porque tú tienes cosas que hacer, pero le dejas tu paraguas. Sales decidida a la calle detrás de él justo a tiempo para ver cómo lo deja en una papelera. Piensas en cogerlo, pero hoy no. Hoy quieres probar la lluvia.

3.26.2006

Fuera de órbita

Explicativa y concisa. Como una nota de suicidio, una noticia o el horario del tren. Que no deje lugar a dudas, a suposiciones, a medias tintas. Que no deje lugar a la esperanza. Que la oprima entre sus líneas, que la estrangule entre los rabos de las letras, que la hiera con sus jotas afiladas.

Ahí, entre sus líneas, la renuncia. El miedo, la angustia, quizá la felicidad, pero siempre el adiós. Adiós porque me voy, o adiós porque te marchas. Pero siempre una despedida. Y en ella no hay manos en la gabardina y humo de locomotoras. No hay un hombre de sombrero que te agarra por los hombros y te dice: Está bien que no llores, pero tampoco pretendas fingir que no te importa.

Ahí, sobre el papel, en las sombras de los dedos que agarran el bolígrafo y se deslizan hiriendo aviones, y barcos, y bicicletas, ahí se esconde la cobardía. Las líneas se multiplican, la vista se nubla. Y ahora las líneas aparecen curvas, son un inmenso ojo de pez. Y entonces recuerdas que una vez prometiste no usar hojas rayadas. Lo hiciste aquella vez, leyendo a Cortázar. Los que usaban hojas rayadas eran los mismos que apretaban los tubos de pasta desde abajo. Juraste no parecerte nunca a ellos. Apretar la pasta de dientes hasta deformar el tubo. No asustarte por la aparente rigidez de las cosas.

¿Y entonces? ¿Qué hacías pretendiendo escribir una nota explicativa?

¿Qué hacías pretendiendo arrojarte al orden del mundo? ¿Qué haces sintiendo miedo, cuando en el desorden, en los trenes de ida y vuelta, en ellos está la felicidad?

Y pensar que miras a la luna sólo porque quieres sentirte parte del cosmos. Qué estúpida eres a veces. Pero hoy no escribirás esa nota. Hoy serás todo lo polisémica que quieras, y discurrirás fuera de órbita, valiente.

3.18.2006

Y echarme la culpa.

"Opaco, así soy". Y te encanta y te enorgulleces de ello de una forma estúpida, como se puede enorgullecer un perro de saber sentarse, que está muy bien, pero a un nivel inferior.
Y opaco te tiene oscuras resonancias de indiferencia muy fílmica y de chicas llorando que te agarran del brazo mientras gritan que no tienes corazón. Y tú sonríes, claro, porque llevas toda la vida intentando ocultarlo. Opaco porque tienes corazón. Porque si fueras translúcido y dentro hubiese sólo músculo, no tendrías de qué avergonzarte.

Así que no me busques, no me busques nunca. Deja que el hielo se clave. Hasta que sangres un poco. Porque ser opaco es estar sólo. Pero no una soledad de héroe. Una soledad patética que se clava como se clava el hielo. Porque es mejor sentir el agua que sentirse por dentro. Con el corazón que machaca y se bate contra el cuerpo y que no tiene por donde salir. Y que se agota en un centímetro cuadrado y que choca y que se parte y que rebota.

Y que nunca sirve para nada.

Porque el día en que se pare... ¡Oh!. Nisiquiera me podrás dejar una nota explicativa.

3.11.2006

Ojos de cristal

Dolor de córneas de tanto mirarse al espejo. Se está haciendo de noche, pero no enciende la luz. Para qué si ya ha memorizado la imagen. Cada curva, cada esquina, cada color. Podría dibujarse de memoria si no fuera porque no sabe dibujar. O porque sabe pero no se le da bien. O no le gusta. O no quiere. Y piensa en apartar la mirada y mover un pie y después el otro y alejarse, ir a la cocina y tomar un vaso de leche caliente. Pero la orden no llega a salir del cerebro y su mirada y sus pies permanecen ajenos a todo.

Le pican los ojos como si se le hubiesen secado. Las venitas rojas que empiezan a invadir el globo son grietas. Pestañea y se romperán en mil pedazos y sonarán a copas rotas al llegar al suelo, se dice, y no pestañea. Por si acaso.

Confía en que sea el espejo quien se canse, que se vuelva opaco o que se descuelgue y se vaya, no sin antes haberle dirigido un mal gesto (una mala imagen). Pero la única opacidad es la que se desprende de su aliento y se pega de forma momentánea a la superficie.

Quiere que todo acabe bien y lanza órdenes a su cuerpo que se pierden en alguna de las mil desviaciones nerviosas. Hacedme caso, malditos.

Entonces es cuando el agujerito del lacrimal derecho (al que siempre han considerado el más débil) se rinde y se dilata tanto que un torrente de agua salada sale precipitado hacia el lavabo. El lacrimal izquierdo maldice la simetría de los cuerpos y se dilata también, y las grietas se inundan de mar que sirve de pegamento a los globos oculares. Ahora puede cerrar los ojos, puede mover un pie y después el otro, se puede alejar. Va a la cocina y mete un vaso de leche en el microondas.

Mientras, en el cuarto de baño, el espejo se pregunta qué hará ahora que se ha vuelto opaco.

3.06.2006

Y mis manos en tu cintura

Sonoridad de relojes, de cadencias rítmicas y espaciadas. Tic, tac. Tic, tac. Y a cada tic esperaba el tac. Y a cada tac hundía su cabeza en la almohada. Ahora?ahora sí. Ahora sí lo veía. Con su sonrisa ladeada, con sus modales de Cary Grant. Y esa melodía de violines pasados de moda y movimientos de swing.

- ¿Has esperado mucho?

Ella se hacía la dura. ¿Una hora? ¿Quince minutos? ¿Toda la vida?

- Acabo de llegar


Tic, tac. Tic, tac. Sapore di sale, sapore di mare.

Entonces bailaban, como todas las noches. Los violines. Las cadencias. Los besos, los brazos. Los pasos. Las caricias. Los compases. E lasciano in boca il gusto del sale.

Por eso conocía cada paso de memoria. Por eso, sabía que justo en ese momento la pisaría. Conocía con toda exactitud el dolor que le produciría la suela de su zapato sobre sus pies descalzos. Y sabía que después se reirían. Y seguirían las caricias, los mordiscos, el amor pasado de moda. El amor que sólo se veía en las comedias románticas de los años 50 y en las telenovelas.

Y entonces el reloj de nuevo. Las cadencias espaciadas, el desamor del boletín informativo y los desayunos. Lavarse los dientes frente al espejo y esperar que llegue la noche de nuevo. Y los violines. Y los pisotones, sobre todo los pisotones. El dolor.

2.28.2006

El tipo de cuerpo de una cabaretera

"Vivir es la única certeza epistemológica" decía. Y después echaba los hombros ligeramente para atrás, como había visto hacer a Greta Garbo o a Joan Crawford,o a alguna otra de esas actrices que no lograba diferenciar. También le daba una larga calada a su cigarrillo cogido con cierta desidia con la mano izquierda "Y sin embargo, vivir no es más que esto". Dejaba caer cuidadosamente los párpados, golpe de efecto.
No podemos juzgarla porque no había tenido elección. Qué podían ofrecer estos horribles tiempos ecológicos cuando ella intuía la elegancia de un abrigo de pieles sobre su piel desnuda. Piel que sobraba, por otro lado. Su cuerpo era una desgracia. Un cuerpo que no encajaba en ningún sitio. Un cuerpo anguloso de cabaretera de posguerra, que nunca había conseguido ser mirado. No tenía un cuerpo redondito y gordito que disfrazar con ropas de alegres colores. No era menuda para llevar camisas y corbatas, ni era de grandes dimensiones para esconderse tras largas faldas oscuras y una piel pálida.
Era desgarbada, sólo eso. El tipo de cuerpo que uno se olvida en el autobús . El tipo de cuerpo del que una tiene que avergonzarse mientras el autobusero golpea suavemente su mejilla y se restrega los ojos.
Siempre lo había sabido. Nadie la tocaría. Nunca.
Luego estaba lo otro. Qué carácter. Apocado y amargo. Un carácter que cuadraba perfectamente con su cara escondida detrás de un pelo que siempre llevaba recogido. Y es que cuando estás solo, sólo te quedan los principios.
Había decidido hacerse una intelectual ya de adolescente. Hablar en los bares ahumados y cruzar las piernas. Fingir que no necesitaba a nadie. Leer a todos los existencialistas, después ir para atrás. Hasta se había leído las obras completas del insoportable de Schopenhauer. Y no era sencillo si tenemos en cuenta que no entendía nada, absolutamente nada. Manoseaba las palabras, y las metía aquí o allá, a toque de arbitrariedad. Porque para ella "certeza epistemológica" no significaba nada, pero no quería que nadie se diese cuenta. Jugueteaba con las frases como quien juguetea con un cuerpo. Pero ella no tocaría a nadie, jamás, y por eso colocaba las palabras según su forma y sonoridad.

2.25.2006

La goma de borrar

-Amor no es la palabra que buscaba.

Se sienta en la moqueta y te da la espalda. Tú no dices nada, sólo piensas en que quizá no fuese la palabra que buscaba, pero que es la que ha encontrado. Te acercas a la ventana y tienes ganas de contarle tu teoría sobre los tres arco iris. Pero te callas. Sabes que él está esperando a que te vayas, a que desaparezcas de una vez, y que seguro que se está imaginando una historia en la que él tiene una goma de borrar que elimina todo lo que no le gusta.

-Supongo que me borrarías a mí, ¿no?, dices, y él no dice nada, no te mira, no reacciona, y te preguntas si lo has dicho o si, como te pasa mucho últimamente, sólo lo has pensado. Y ya no sabes qué hacer, porque irte es demasiado fácil, pero quedarte es absurdo. No te das cuenta, pero mientras dibujas formas extrañas con tu dedo en la ventana, él gira un poco la cabeza y te mira durante un segundo, pero enseguida vuelve a su posición anterior.

Y cuando estás a punto de irte él estornuda, porque está sentado en la moqueta y esta semana nadie ha pasado la aspiradora, y aunque a él le gustaría ser imperturbable su alergia siempre le traiciona. Se toca la nariz y tú piensas en lo ridículo que es todo, en lo ridículo que es él y lo ridícula que eres tú, y en lo ridículo que es que nadie quiera limpiar la casa, que tú no quieras hablar y él no se quiera dar la vuelta.

Ahora te tendrías que ir, pero no lo haces, te sientas tú también en la moqueta y esperas. A que sea él quien se vaya, quien desaparezca. Y te gustaría tener una goma de borrar pero afortunadamente no la tienes, porque no serías capaz de usarla y te darías cuenta de que sin todo esto, sin la moqueta, los estornudos y el silencio, no podrías vivir.

2.20.2006

Y romperte en pedacitos

Mandíbulas abiertas de par en par. Se te ven las amígdalas, la garganta, se adivinan tus entrañas en el fondo de tu cuerpo. Y yo miro, miro y remiro por si descubro algo. ¿Dónde guardas los besos, los llantos, los antojos, las ganas de comer? La vida está en todos los rinconcitos de mi cuerpo, me explicas. Y yo me río, porque hablas como un catequista. Y te agarro la mano, porque estoy dispuesta a averiguar el lugar exacto en el que guardas todos tus secretos. Tampoco allí los encuentro. Estoy dispuesta a encontrarlos, aunque tenga que desnudarte, recorrer tu cuerpo, buscar en cada recobijo. Y si ni aún así lo logro, quizá pueda rasgarte, abrir tu cuerpo de par en par, ver que hay debajo de tu piel, rebuscar entre todos tus órganos, quererte desde dentro.

Te ríes, no me crees. Yo me pongo seria, y tú te ríes todavía más. Siempre me dices que no soy capaz de enfadarme. Es verdad, pero deberías creerme cuando te digo que pienso arañarte hasta que descubra qué hay debajo de tu cara, tus brazos, tu pelo, tus ojos. Te miro. Pienso en todo lo que podría hacer si supiera todo lo que quieres, lo que amas, lo que odias, lo que sueñas. Sería enormemente poderosa. Sonrío con malicia. Me acaricias. Te beso. Y romperte en pedacitos me parece la más sublime de las manifestaciones de amor.

1.31.2006

Formas de molestar

Río. Río cada vez más alto, río abriendo mucho los ojos. Río con los dedos, con los pies, me sacudo y me convulsiono.
Río sonoramente, penetro en todos los oídos, en todas las mentes. Río y palmoteo entusiasmada la pierna con la mano.

Parezco serenarme, pero nunca lo hago.

Primero una sonrisa, después un hípido, y, rápida, incontrolable, surge la carcajada, y la dejo escapar.

Ellos me miran. Todos han dicho alguna vez que reir alarga la vida, pero me miran. Y entonces sé que esto no está bien. Reiré hasta que me estallen las mandíbulas.

1.21.2006

El águila

Consumió los últimos minutos en tragar aire. Creía que así se sentiría menos pesado. Apretó los puños y salió de casa.
Los cinco primeros pasos fueron rápidos y nerviosos. Después se tranquilizó. Sus ojos miraban hacia arriba constantemente buscando pájaros a los que imitar. Intentó crear una estrategia. Primero movería los brazos hasta sentirse seguro y luego se dejaría llevar planeando. Tendría que ser como nadar.
Al subir la última cuesta sus pies se fueron manchando de tierra y verdín. Al llegar pudo ver el valle que se extendía a sus pies, y el río que se había propuesto como objetivo. Tragó aire una vez más por si lo había perdido por el camino.
Dio un paso pequeño para situarse justo al borde y cerró los ojos. Sus dedos se movían rápidos, como si estuviesen dando cuerda a algún artilugio. Contó hasta tres. Hasta cinco. Mejor hasta diez. Vaciló un momento.
Pensaba en qué pasaría si nada era como ella le había dicho. Si al saltar su cuerpo no quedaba suspendido en el aire, si no flotaba y se hundía sin saber nadar. Recordó el pelo tapándole los ojos mientras se lo decía. Recordó cómo se había reído después.
Y si ella había saltado, por qué no lo iba a hacer él. Y si ella había dicho que era fácil, por qué no lo iba a ser.

Una ráfaga de viento lo empujó y él se dejó caer. Y vio su pelo y sus ojos una vez más, y sintió que era cierto, que ella no le había mentido. Después se hundió en el río.

1.01.2006

Era aceite, vísceras, espejos

Sucia. Desnuda de llantos. Su cuerpo vacilaba, se descubría ante el espejo, y se miraba, tan lleno de vísceras. Entonces corría hasta la cocina, llenaba un vaso de agua y lo colocaba en el alféizar de la ventana. Si hacía sol el agua danzaba en círculos por las paredes del vaso. Una fiesta de cristales. Ella quería ser pura como la luz. Quería ser una mujer de vidrio, frágil y dura. Llenar su copa hasta el borde y soltar burbujitas de felicidad.

Aquel día, cuando volvió a su cama las sábanas continuaban revueltas. Se tumbó boca arriba y contó las motas de polvo. Se palpó el cuerpo. Continuaba desnuda. No quería sentirse así, como si hubiese entregado su cuerpo por un capricho, por amor. Lo había hecho, ella lo había hecho. Cedió. Y aquel capricho la consumió, la apagó. Gastó toda su luz en aquella ocasión. Desde entonces, cuando rozaba el cuerpo desnudo de un hombre la carne se volvía de aceite, y el aire se cargaba de palabras inútiles y falsas. De mentiras. Sabía que no era justo sentirse así. Sentir que cuando no hace sol el agua no sabe igual.

Cada aproximación era un intento por recuperar su luz. La cercanía de los cuerpos. El roce, el aliento. Siempre el aceite. Y después del aceite el reconocimiento frente al espejo. Y luego las carreras desnuda por casa, colocando grandes vasos de agua en todas las ventanas, palpándose el cuerpo, sintiéndose llena de vísceras. Hasta aquel día. Cuando abrió la puerta, derramó el líquido, y la balsa de aceite se consumió.

12.30.2005

Y descubrir lo que intentabas no saber

Nada debajo de la cama. Parecía una histérica rebuscando aquí y allá. Tirando los cojines contra la esquina, para después recogerlos presa del pánico por si había algo debajo. Era casi enfermizo. Pero no vió nada. Ni a nadie. No estaba él, que le pedía día tras día que le dejara mirar lo que hacía cuando estaba sola.
¿Cómo no encerrarse entonces bajo siete llaves?
Sabía que la quería ver. Y como él, vete tú a saber quién más. Sabía que la quería ver, pero no podia soportar la imagen de su rostro roto por el dolor de encontrarla así, sucia.

Porque ese era su ritual. Echarle de casa. Cerrar con cuidado la puerta de su cuarto. Girar la llave una vez, otra vez, otra vez... bajar las persianas hasta que ni un sólo microorganismo pudiese colarse dentro a través de las rendijas. Sacar la tinaja con el barro del cajón con candado de debajo de la mesa. Desnudarse. Meter un pie en el barro. Meter el otro pie. Sentarse en la tina. Sumergirse en la tina. Salir de la tina siendo barro. Barro adherido a la piel.

Sabía que algún día tendría que renunciar al placer, pero lo necesitaba tanto.

Y hoy como tantos días, le había pedido que se fuese. Pero no se fiaba; cada vez menos. Cada vez invertía más tiempo en buscar una cámara en cada recoveco de la habitación. Enfermizo. Y una falta de confianza.
Así que se desnudó y metió sus pies blancos y limpios en la tina. Entoncés gritó. Allí estaba él, entre las perchas del armario, con el rostro contraído por el dolor.
"Ya no te podré querer nunca" "estás sucia"

12.22.2005

La pared

Llegar no había sido sencillo. Ahora sonreía un poco y se limpiaba las manos en el jersey. ¿Cuánto tiempo había pasado? Un año, dos. Se sentó en el suelo. En la pared de enfrente imaginó un paisaje azul y frío; estaba nervioso.
Arañó su pantalón y arrugó la nariz. Intentaba pensar en algo de verdad, en algo que fuese a permanecer. Pero en su mente aparecían sólo la pared blanca y el frío de la nieve.

Tantos minutos esperando esto. Tantos minutos pensando en el final. En llegar. En llegar. Y ahora es como si me lanzasen al vacío. No soy capaz de ver nada de lo que me dijeron que habría detrás. La pared del fondo es blanca. La pared del fondo no tiene puerta.

Apretaba fuerte las manos contra los ojos, los pies contra el suelo. Aún mantenía la pequeña sonrisa, pero porque no se atrevía a mover ningún músculo.

Detrás no hay nada, no hay nada. No puedo atravesar la pared para comprobarlo. Por eso no hay nada, no hay nada.

12.11.2005

Son sólo palabras

¡Fuera, se acabó! ¡No quiero ver tus sucios ojos vagando por aquí! Así que se quitó los ojos y los lanzó desde lo alto de la colina, y rodaron ligeros, como vacíos. De cuando en cuando se encontraban algún bache, alguna irregularidad en el camino, y los ojos se golpeaban entre si, dejando escapar alguna imagen del pasado en forma de lagrimita. Y siempre era ella. De todas las imágenes que guardaba en la retina siempre era la suya la que se escapaba colina abajo. Aquel día, cuando se encontraron, ella con su abrigo nuevo, el con sus pantalones de siempre. Se abrazaron y decidieron que lo mejor sería comer una crèpe de nutella. Es lo mejor contra el frío, se dijeron. Y se miraron a los ojos, esos que ahora corren colina abajo, y también aquellos, los de ella, los que ahora se multiplican al brotar y brotar como lágrimas friccionándose contra el suelo. ¿Me quieres? Eran ahora sus labios los que le hablaban desde el fondo de su retina. Y él se miraba los pies, titubeaba, y no era que no la quisiese, pero, ¿cómo decirle que los domingos no eran lo mismo antes de conocerla, que desde que ella era ella se habían llenado de cine, lluvia y chocolate? Sí, la quería, pero jamás se lo diría, porque tenía miedo de las palabras. Tenía miedo de hablar como en las películas, y que todo se terminase al llegar las grandes letras blancas. Fin. Así que decidió callarse, y las palabras nunca llegaron. Y ella se fue lejos, y los besos y los abrazos se apretaron, mudos e invisibles, en las cartas y los cables telefónicos. Pero las palabras seguían sin llegar.

11.20.2005

Belleza. Capitulo III

Paisajes estúpidamente anaranjados de atarcederes marinos donde él apretaba fuertemente tu mano para decirte "es bonito,¿verdad?", "¿no es impresionante?" o peor aún "¿te das cuenta de lo pequeños que somos?".
Después de eso ¿que podías hacer?, asumir que tú también le gustabas, por tu belleza fácil, por tu cara proporcionada, por tu cuerpo ordenado.
O llevarle a ver lo que tú querias ser. Sentarle delante de todo ese hierro, de todo ese acero, de esos absurdos materiales de construcción en medio del parque. Apretarle fuertemente la mano y esperar a que dijese algo. Algo que lo estropease todo.
O mutilarte. O engordar horriblemente y arriesgar tu salud sólo para no gustarle a ese hombre. O cortarte el pelo. O dejartelo terriblemente largo y no lavarlo jamás.

Era ridículo, sí. Pero cualquier cosa sería mejor que estar con los paisajes estúpidamente anaranjados, con los abrazos, con un oso polar dormido sobre la nieve. Cualquier cosa sería mejor que ser lo que siempre esperaron que fueras.

11.07.2005

Belleza. Capítulo II

Escarlata se frotó los ojos una vez más. Primero con los puños cerrados, como los niños cuando tienen sueño. Después con cada uno de sus dedos, sintiendo el globo ocular hundirse y deformarse bajo la presión.
Buscaba la distorsión de la imagen, de todo lo que la rodeaba. Al recuperar la vista las formas continuaban igual, pero con manchas de colores delante que se movían cuando ella se movía, que parecían perseguirla a cualquier lugar.
Llegaron también al espejo y Escarlata no supo si era aquello lo que quería. Veía lo mismo de siempre pero con las manchas por encima. ¿Cómo llegar a lo que deseaba ver? ¿Qué tendría que hacerle a sus ojos?
Pensó que quizá fuese mejor ser ciega.
E imaginaría una imperfección perfecta, sonrió Escarlata, la mía y la de mis paisajes.

10.23.2005

Belleza. Capítulo I

Más tarde emitió un largo suspiro. Le dolían hasta las pestañas de tanto llorar. Total. Todo por una flor. Y se sentía sola cada vez que abría un diccionario y buscaba el significado de la palabra belleza. También cuando observaba su reflejo en los escaparates y los maniquíes le hacía la burla con sus bobas sonrisas. Pero lo que de verdad odiaba era mirarse al espejo. De frente, de perfil. De todas las formas posibles. Mirarse y saber que la superficie reflectante no mentía.
Para él era distinto. Los espejos nunca le habían importado. Los maniquíes lo aterrorizaban. Con sus frías miradas, con sus manos heladas. Le gustaba ella porque no le daba miedo mojarse, porque estaba siempre sola delante de su libro. Le atraía por su belleza extraña, por sus ojos heridos. Le encantaba sobre todo cuando le temblaban los labios cada vez que leía algo que le gustaba. Intentaba contener una sonrisa y los labios le temblaban terriblemente, pero nunca podía evitar acabar abriendo la boca y soltando una carcajada. Los demás niños de la clase pensaban que era rara. Una rata de biblioteca, un adefesio, la pieza de un museo. Para él era como un cuadro cuyo significado intentaba escudriñar y que cuanto más miraba más lo fascinaba.
Ella nunca llegó a saber que de entre todos los espectadores que pasaban de largo para mirar el cuadro de al lado había uno que se quedaba horas y horas mirándola con las manos entrelazadas en la espalda. Por eso un día se acercó con sigilo al espejo, lo descolgó de un puñetazo, y éste se rompió en varios pedazos que se deslizaron por el suelo de la habitación. Cogió uno de ellos y se rasgó la cara con su afilado perfil. La sangre comenzó a circular hasta su barbilla, y empezó a gotear. Se rajó el rostro de nuevo. Una y otra vez. Ahora sí que era una flor. Una rosa de escarlata.

10.15.2005

Estocolmo

Cabeza bajo la bota. Cabeza aplastada, pisoteada, destruida. Cabeza que trata de respirar bajo el sofocante (pero caluroso) peso de la bota.
Cabeza que ama y cabeza que piensa. Cabeza que también lo observa todo, para no sentir sus riñones de cabeza crujir. Observa el tacon de la bota, dulcemente desgastado.
¿Qué hacer?
Si le indica el problema, pensará que lo hace para que ella se aparte, pensará que es un sucio truco.
Si no se lo indica, sufrirá viendo como día a día el tacón es mas corto. Mas decrépito.

Tanto en un caso como en el otro, ella no irá al médico.

Y cabeza ya lo sabe, y llora día a día porque ve que ya queda menos, que ese peso tiernamente insoportable desaparecerá pronto, y sin la bota, se congelará.

Llorá día a día, pero bota está contenta. Piensa que el dolor que le inflige es insoportable. La satisfacción le hace pisar más fuerte. Su tacón se desgasta un poco más.

10.08.2005

Todo lo raro

Cosa extraña.
Frunció el ceño y se rascó la cabeza. Había días en los que concentrarse resultaba imposible. En vez de pensar en su problema su mente se deslizaba, escapaba de su cuerpo y lo contemplaba todo desde fuera.

Se veía a sí mismo con el ceño fruncido y rascándose la cabeza. Qué imagen más típica, pensó, qué código más cinematográfico para expresar confusión. Cerró el plano hasta su cara. Observó detenidamente las arrugas de su frente y su boca fina y seca. Dejó de prestarse atención y se movió por la habitación. Buscaba una razón para su gesto.

Pero todo le parecía normal. Incluyó música para crear un ambiente más creíble. Recorrió las ventanas, recorrió las paredes y el suelo. No había nada que explicase sus ojos concentrados y ni su mano en el pelo. No pudo evitar pensar que aquello era muy raro.

Cosa extraña, dijo en voz baja mientras apagaba la cámara. Frunció el ceño y se rascó la cabeza.

10.01.2005

Con las ventanas cerradas y la tele encendida

- Dijo que cuando eres joven todo vale. Que deben perdonarte por cometer errores. Ya sabes, la inexperiencia. Sin embargo cuando creces no se te pasa una por alto.
- Y no podremos equivocarnos?
- Nunca, jamás. Si lo hacemos nos comerán. Es la ley del más fuerte.

Se miró el descuartizado esmalte de las uñas y tras llevárselas a la boca comenzó a mordisquearlas. Pensó un rato y preguntó:

- Y qué más dijo?
- Dijo que todo cambiaría. Tendrás que dejar de imaginar, todo lo que hagas tendrá una consecuencia directa sobre tu vida, y nunca, nunca, te podrás salir de la raya ni colorear por fuera.
- Tendré que dejar de respirar?
- No me aclaró ese punto, pero algunos dicen que se hace difícil. Que a veces llegas a tu casa, te sientas, enciendes el televisor y entonces es como si las ventanas se cerrasen, y el corazón te palpita con fuerza. Y no respiras, lo intentas, pero no respiras. Y te ahogas. La vida te ahoga, y tú, sentado delante del televisor. Y las ventanas cerradas. Tú solo frente al televisor con las ventanas cerradas.
Se comió las uñas de nuevo, miró el reloj. Una lágrima cayó sobre la esfera, que marcaba casi las cinco y diez. Lo tiró al suelo y lo pisó con todas sus fuerzas. Hubiese hecho lo mismo si tuviese un calendario a mano, una agenda, un álbum de fotos o una bola de cristal. Cualquier cosa.