6.23.2009

Esperando al conejo blanco

Peldaño tras peldaño, pasito tras pasito, intentando avanzar, pero con la mirada clavada en el suelo, concentrada en las irregularidades de la madera y en las marcas de suelas de goma. Un poco por vértigo, también por miedo al siguiente peldaño ¿habrá uno más?¿cuándo se llega arriba? ¿se puede bajar?

Así que extiendo con cuidado el pie y con la punta examino el siguiente paso. Lo palpo de izquierda a derecha, hacia delante, hacia atrás de nuevo. Me atemoriza la idea de pisar con firmeza y encontrarme el vacío, o hundir el pie en un socavón y quedarme atrapada. O caerme al piso de abajo y provocar una nube de polvo como en las películas.

Uf, ya estoy en el siguiente peldaño. Un poquito más alta, pero igual de asustada. Busco la barandilla, pero no hay. Sigo mirando al suelo, porque me atemoriza pensar en levantar la vista y encontrarme con una luz cegadora, o con una figura mágica que me anuncie el futuro si soy capaz de resolver tres adivinanzas.

Me giro, y entonces sí, miro hacia abajo, y me siento. Mira, ahí, esos peldaños tan complicados, cuánto sudor derramado. Y aquellos, tan agradecidos, de un suave tacto y olor a libros nuevos y a vainilla de la que no empalaga. Pienso en quedarme ahí parada, mirando hacia abajo, saboreando los buenos momentos y alegrándome de que los malos hayan pasado.

Pero me inquieta el silencio que llega desde arriba en forma de un viento que me acaricia la espalda. No sé si es frío o caliente, húmedo o seco, así que lo llamaré neutro. Un viento neutro que me empuja un poquito, me zarandea rítmicamente dibujando círculos.

De nuevo me pongo en pie y me giro. Las muescas en la madera y las huellas de los que ya han pasado por ahí siguen guiándome. Subo un peldaño más. A fin de cuentas, no puedo quedarme en el medio toda la vida esperando a que llegue el conejo blanco corriendo con su reloj en la mano.

5.29.2009

La escalera mágica

Clímax, te explico, viene del griego, y frente a lo que todo el mundo se espera, no significa punto álgido, sino escalera. No tiene nada que ver con la cumbre, insisto, sino con el camino.

Sé que te molesta que hable de etimología en medio de una película japonesa, pero necesito contraatacar. Porque yo odio, detesto y desprecio esa manía tuya de utilizar palabras como clímax o plano para hacer la valoración de una película. Odio la cara que pones –rimbombante- cuando me explicas que el alter ego del personaje mostró desde el principio sus verdaderas intenciones. Detesto que creas que sabes utilizar las palabras con precisión cuando lo único que haces es dejarlas caer con auto-veneración. Desprecio tu papel de cinéfilo, que tu consideras tan eficaz para seducir”nos”.

A pesar de que durante mi explicación te enseñé todos los dientes, tú me abrazas y bromeas sobre enseñarme el punto álgido de nuestra escalera. Yo me río (de nervios), y tú aprovechas para introducir una mano entre mi hueso y el pantalón. Te haces hueco y yo ya no me río porque no puedo respirar. De vez en cuando te separas un poco de mi piel y yo aprovecho para tomar aire. Y risueña aún, pienso que a pesar de todo te quiero un poco. No mucho, no, pero lo suficiente para pasarme una semana encerrada contigo bajo cuatro llaves.

Tú desabrochas un botón y a mí se me empiezan a nublar los pensamientos. Recuerdo tu comentario sobre la sombra que caía en el plano que precedía al clímax y siento cierta ternura. Juro perdonarte cada uno de tus defectos si me permites inspirar una vez más antes de explotar.

Y después, después de coronar la única cima relevante, pienso –aunque nunca lo pronunciaré en voz alta - en lo que quiero hacer el resto de mi vida. Todos los días. De la mano. Recorrer juntos, uno por uno, cada peldaño.

5.17.2009

Elvir y su narrativa

- ¿Ventanilla o pasillo?

Y entonces comienza su plan:

- Pasillo

Ya en las escalerillas que le suben a la nave, rodeado de cuerpos que se empujan y aplastan como si no tuviesen un asiento asignado, Elvir no puede parar de sonreír. Mira a su alrededor y se pregunta si se leerá en su cara todo lo que está pensando, si se leerán su pasado y sus planes para el futuro. Porque hoy es un día importante para Elvir. Tras 27 años de vida lógica y rutinaria y responsable ha tomado una decisión que promete convertir su vida en una aventura excitante a cada minuto.

“Los días pasan uno tras uno y sé siempre lo que va a pasar. Mi vida es la película más aburrida del mundo”, le explicaba a su hermana hace un par de días.

Ahora Elvir ha decidido convertirse en un personaje de cuento y buscar conflictos y clímax en su narrativa. “No quiero que mis nietos se aburran cuando les cuente mis batallitas”, había escrito en su blog. ¿Cómo forzar el cambio? El primer paso es contestar siempre lo contrario a lo que tenía pensado decir.

Por primera vez ahora, se sienta en el diminuto asiento del pasillo descubriendo que por lo menos puede estirar las piernas hacia un lado. Cuando la azafata le pregunta si las puede encoger un momento para dejarla pasar, Elvir siente que las luces de la sala se apagan y casi puede escuchar la música que acompaña a su primer conflicto y la respiración contenida del niño que en quinta fila agarra el cartón de palomitas con fuerza.

- No -dice. Y estira las piernas un poco más y sonríe expectante. Ya siente cómo su narración se acerca a un primer clímax.

5.07.2009

Trenhotel

Funcionaría con la precisión de un reloj. Nada le parecía más asombroso que las manecillas haciendo tic, tac y su engranaje de ruedecillas girando al compás. Pero después, sintiendo el crujir de las vías bajo su asiento, pensó que la maquinaria de un tren le gustaba más. Con su traqueteo reconfortante, como el abrazo de una madre, cuando discurre suave por las llanuras; o el de un amante cuando se aventura, frénetico, entre montañas sinuosas.

Claro que, la maquinaria, por precisa que sea, acaba siempre por fallar. Y a esta le había llegado su hora, y los pasajeros bostezaban, hacían chistes, y se asomaban a la puerta a echar un pitillito.

Curiosamente escuchaba O Tren de Andrés Do Barro, versionada por Niño y Pistola, y pensaba que el “pasiño a pasiño” se convertiría en una letanía de horas muertas.

El risueño revisor, tratando de endulzar la desgracia con su sonrisa, hace público el último parte: “La máquina ha muerto”. Así que los pasajeros, reaccionando con desesperación, resignación o sentido del humor, según los casos, se entregan a una noche de hastío en la nada castellana.

Menos mal que delante va sentada una psicóloga argentina, especialista en psicoanálisis, molesta porque en España la gente no va a los psicólogos. Su compañero de viaje, un colombiano residente en Galicia, le pregunta sin vacilar si el psicoanálisis aún sigue vigente. Ella dice que por supuesto, y lamenta que en España la gente se haya quedado con las teorías de Freud de 1.900. “Hay vida más allá”. Despues hablan de música. Aquí también difieren ya que ella es defensora de la música comercial, que es “la que te acompaña a lo largo de tu vida”. “Es un recuerdo de mis 19, mis 20…”. Y conforme pasan las horas los viajeros comparten sus vivencias y llegan a concordar en algunas de sus impresiones, como que Barcelona es otra cosa, “es verdaderamente como estar en Europa”.

Y nuestro viajero se pone los cascos para disimular, pero en realidad le divierte mucho más escuchar las conversaciones de los demás y observar cómo el grupo de portugueses de más adelante pide al revisor que ponga la tele, y cómo las chicas de su lado se hacen fotos para documentar cada instante del viaje.

“El ser humano es sin duda la máquina más compleja; no tiene ruedecitas, ni ejes, ni engranajes, pero es extremadamente difícil entender su funcionamiento”, escribe, para un segundo después trazar una gruesa línea por encima, porque ya no está tan convencido de esta afirmación, y al mismo tiempo teme que pueda sonar demasiado tópica. Y no hay nada que odie más que la vulgaridad de los tópicos.

Está todo tan negro tras la cortinilla azul del Trenhotel, vagón turista, coche 26, sillón 3. Ventanilla.

4.22.2009

Fábula de la oveja y del lobo

Bala la ovejita en el campo porque está contenta. Es una mañana fría fría de enero y ha comenzado a nevar. A la ovejita le gusta el invierno porque su mamá permite que sus ocho corderos se acurruquen contra ella para vencer el frío. A veces hay disputas entre los hermanos, claro, y nuestra ovejita no suele salir muy bien parada. No es muy fuerte y por eso no le gusta discutir. Cree que siendo dulce y paciente conseguirá que su madre la prefiera, y los demás la miran con lástima porque ya saben que Darwin no dijo nada de que sobreviviesen los más buenos. Porque lo cierto es que la ovejita de tan buena es tonta (eso le dicen) y las demás ovejas tienen que tomar las precauciones por ella.

Los días de invierno, la ovejita se aventura solita en el bosque, apartándose del rebaño, y eso no es muy inteligente, no, porque en esta estación es cuando los lobos bajan. Nuestra ovejita no es tan imbécil como para decir en voz alta que los lobos no pueden ser tan malvados, que son animales bellos y salvajes, pero no necesariamente asesinos. Sin embargo no puede evitar sentir cierta simpatía por esas cabezas de turco del desprecio animal. Qué duro debe ser lobo, piensa, y caerle mal a todo el mundo.

Eso medita mientras bala feliz y sin darse cuenta de que alguien la sigue. De repente, una sombra salta veloz a su lado y se coloca frente a ella, interceptándole el camino. Es un lobo que abre bien sus fauces enseñando todos y cada uno de los colmillos. “Pobre lobo”, piensa la ovejita, “que sonrisa más fea tiene”. Y le mira con los ojos muy abiertos, la boca muy abierta, enseñándole su sonrisa que le llena toda la cara para que no se sienta avergonzado de sus gestos tan brutos.

El lobo se queda un poco pasmado. Esperaba una ovejita que al verlo gritara y tratara de escapar, inútilmente, porque él, es ley de vida, la alcanzaría. No esperaba una ovejita que se quedara tan tranquilita como si sobre ella revoloteara una bonita mariposa. El lobo podría sentirse atacado en su ferocidad, qué tipo de lobo no da miedo, pero lo que siente es ternura. Mucha ternura. Se acerca a ella y le acaricia el lomo y se jura y se perjura que si hace un solo amago de huida la estrangula sin miramientos. Pero la ovejita, ajena a tan fúnebres pensamientos, se acurruca bajo el lobo porque le encanta el calorcito de los otros cuerpos en invierno.

Después se separa y vuelve lentamente a junto de su rebaño, en el prado, mientras el lobo la mira marchar y promete que no permitirá a nadie hacer daño a tan angelical criatura.

Cuando llega a junto de las otras ovejas, le chillan que es una imprudente, que todas la daban por muerta, que aventurarse así sola en el bosque... También le dicen, con lágrimas en los ojos, que durante su excursión una manada de lobos ha bajado y ha conseguido matar a tres de las ovejas.

Le repiten que no se puede ir así por la vida, que si es estúpida. Ella no responde, porque no le interesa que sepan que es la única que ha conseguido un seguro de vida. Porque si todas las ovejitas permanecieran impasibles ante la llegada de un lobo, el truco ya no le funcionaría.

4.18.2009

Tríangulo anacrónico

Portazo algo más brusco que el anterior, y Neil se encoge porque ya no tiene que ser el más fuerte ni el más seguro. A este lado de la (maltratada) puerta ya no le puede pasar nada. Se sienta detrás de su enorme mesa de jefe y se pregunta si Peter seguirá ahí, si habrá conseguido golpearle, si lo habrá hecho sangrar.

Ahora ya no hay marcha atrás. Neil cierra la ventana y después las contras, "hace frío, hay mucha luz", aunque lo único que hay es la posibilidad de una bomba o una bala o una simple piedra volando hacia dentro y eso no, eso es algo a lo que Neil no se quiere enfrentar.

Lo que no sabe es que Peter tiene mucha más clase. Peter está ya en casa escribiendo una nota informativa que finalmente dejará en el buzón (en un principio había pensado en la posiblidad de hacerla entrar por la ventana de Neil en forma de avioncito, pero como ahora sabemos, al viento se le suma la imposibilidad física de atravesar la madera de las contras).

La nota dice:

"Estimado Neil,
Esto ya no tiene más que una solución. Propongo que nos batamos en duelo uno de estos amaneceres (te dejo escoger la fecha, al fin y al cabo, eres tú quien va a morir). En un principio pensé en espadas, pero quizá sea más rápido y efectivo el revólver. Llamaremos menos la atención. No quiero testigos, esto es entre tú y yo.
(¿Ves estas gotitas de sangre? Tu portazo casi me rompe la nariz. Eres tan cobarde)
Tu enemigo,
Peter"

Neil lee la carta y acaricia el revólver que guarda en su cajón. A continuación hace la maleta y corre al puerto. Allí se monta en un barco que va a América. "Nuestro amor es más profundo que todo esto", le había escrito ella una vez.

"Malditos locos anacrónicos", piensa mientras deja que el viento le dé en la cara. "En pleno siglo XXI quieren duelos y muerte por amor. Quédate con Peter, ya no me importa. Yo vivo en este siglo".

Ni se le pasa por la cabeza el hecho de estar cruzando el charco en barco, como en la época en la que los triángulos amorosos se deshacían de uno de sus ángulos a golpe de espada o de bala.

4.06.2009

El arte del desprecio

Despreciarlas es lo más sencillo. Renunciar a la palabra y torcer el gesto con la boca ladeada y los ojos entornados. Deshacer los pasos con firmeza, mostrar la espalda recta y el cuello estirado como una gallina como única despedida. Teatralizar la desdicha con una expresión de disgusto apenas contenida y sonreír, con malicia, a cada paso.

Mientras, ellas abren las mandíbulas, enjuagan los lacrimales, aprietan los puños y se van acercando hasta formar una piña. Un compacto de desdichada humanidad, húmeda de tristezas.

Es tan fácil el desprecio, tan estudiado en películas y novelas; tan aprendido en patios de colegio, en plazoletas y en la cola del súper; tan extendido desde la cuna a la tumba, desde la primera vez que apartamos el plato de lentejas hasta la última vez que con desdén examinamos la vestimenta de nuestra vecina.

¡Y qué bien nos hace sentir! Superiores, casi como pequeños dioses capaces de imponer qué es el bien y qué constituye el mal. Actores y actrices de un drama del que somos los protagonistas que triunfalmente salen de escena escoltados por un sonoro portazo.