12.22.2006
Preludio a una tragedia navideña
Yo, mientras tanto, me mordía las uñas y sopesaba cual sería el mejor. No, el mejor no, el más efectivo. Pasaba las yemas de los dedos por el corte irregular del cristal, mientras ella me miraba con consternación revolver en la papelera.
Ella nunca entendía nada ¿de acuerdo? No tenía esa facultad. Siempre soltaba frases grandilocuentes y conclusiones precipitadas. En este momento podía verla con el ceño bien fruncido ante el esfuerzo de pensar qué manualidades sabía yo hacer con vidrio. Me compadecí de ella.
-No es un regalo. No es material de regalo. Es un arma.
Ahora le dolería todavía más el cerebro, me cogería del brazo e intentaría apartarme del contenedor, y sobretodo de esa absurda idea. Porque ella sabía que aunque aún ignorase los detalles, cualquier idea mía era a la fuerza absurda. Le especificaría que iría a tu casa con el cristal cuando tus padres no estuviesen, que te amenazaría y que tendrías que besarme hasta que te gustase. Ella negaría con su cabecita repetidas veces, y me entrarían ganas de clavarselo sin más. No lo haría, entonces con voz de mujer experimentada, me diría: "Eso no es amor, ¿sabes?, no es amor".
¡Oh! Claro, perdona, lo olvidaba.
Porque para qué explicarle, que quien de verdad sufre, antes que llorar se arranca los ojos, y que quien de verdad ama, antes que desvanecerse, muere.
12.05.2006
Canción de invierno
Azar sería que esos lápices que afilabas con tanto esmero fueran los mismos que ella mordería ansiosa años después. Azar sería que todas las cosas que has ido perdiendo a lo largo de tu vida las hubiese encontrado ella en aceras y parques y cafeterías. Azar sería que los gérmenes que escaparon de tu boca la última vez que tosiste hubiesen llegado a la suya de forma directa y feliz.
Piensas estas cosas sentado junto a la ventana con la nariz y las puntas de los pies frías. Nieva fuera y te parece verla entre los copos, saludando como en la canción. Pero claro, piensas, con tanta nieve sería difícil verla. Te encoges y desapareces bajo la manta y la canción empieza a sonar sabiendo que la han llamado. A ti te duele un poco verte tan desnudo y te niegas a cantar el estribillo. Por si alguien te oye, por si alguien se da cuenta.
Azar sería que ella encendiese la radio y escuchase esos versos y sintiese la impetuosa necesidad de salir a perderse en la nieve. Tú tienes la cámara preparada, por si acaso ocurre, por si aparece sin avisar en el instante de azar más sublime de toda tu vida. La filmarías sin abrir la ventana, y aunque no se distinguiría nada más que una mancha borrosa que se mueve despacio al final del punto de fuga, tú verías la película una y otra vez. Así hasta el final, hasta que el negativo se quemase, hasta que la aguja del tocadiscos se rompiese de tanto acariciar el mismo surco.
Pero mientras tanto esperas dibujando con los dedos copos de nieve en el cristal.
11.19.2006
Tus ojos de criador de lepidóptero
¿Que nunca has tenido gusanos de seda? Impensable. Impensable que tú, con esa mirada rasgada, jamás hayas sucumbido a la suavidad de un gusano y a su transformación en mariposa. Oh, lo recuerdo bien. Primero alimentarles con hojas de morera, después juguetear con ellos, su suavidad entre los dedos. Más tarde s envuelven en un capullo de seda, y del él, un día, de pronto, una magnífica mariposa. Deberías saberlo, tienes ojos de criador de lepidóptero.
No sé, también me recuerdas un poco a las películas de Won Kar-wai. Te imagino perfectamente en Hon Kong o en Shangai, con el pelo negro y recogido, y vestidos floreados de cuello alto. Y la luz es un poco amarilla, y de fondo suena Aquellos ojos verdes. Pero los tuyos no lo son. Rasgados y oscuros. Impensable que sea sólo azar.
9.27.2006
Liebasha
Todo eso era perfecto y nada más. Más que suficiente para ser feliz.
Huir con el oro y después, la duda entre los empleados. Las pistas. La llamada al sumo sacerdote.
El sumo sacerdote tiene mucha barba y túnica. Suministra sustancias psicotrópicas a unos niños. Son niños especiales. Muy flacos y de mirada aviesa. Los empleados deben bajar la cabeza. Meterse detrás de sus mesas o debajo de sus sillas. Dentro del armario.
Es ridículamente perfecto ¿eh? El malo lo sabe. No es malo malo. Además está enamorado de la damisela y el amor siempre redime. No es malo malo pero sabe lo que va a pasar y se ríe. Es... consciente, quizá. Y no trabaja para la empresa. ¡Qué tontos! Ni se les ocurre que pueda ser alguien de fuera. Como se les hinchaba la garganta antes, con todos esos mensajes de motivación y confianza. Es estúpido pensar que un empleado cogiese los lingotes y se quedara allí dentro, esperando la captura, pero en fin...El no malo malo no entiende nada, pero sabe que eso confirma que su plan es perfecto.
Los niños son como perros de caza. Olísquean aquí y allá, en macabro trance. No hay mucha gente por los despachos. Mentira. Los despachos están repletos de empleados que se esconden en los lugares más inverosímiles. Los niños bailan despistados. Están drogados, no saben. Se golpean contra las puertas. Un niño flaco y psicotrópicamente confuso cae al suelo y se agarra a una pierna. Un hombre que temblequea bajo una mesa. Se agarra a la pierna y el jefe corre y los buenos apresan al falso malo. Porque el no malo malo no es de la empresa y huyó, pero el falso malo debe morir. Los niños bajo el designio de dios así lo han decidido.
Suena el teléfono. Aviso. La damisela ha desaparecido. ¿Él muy degenerado no habrá, de paso que robaba los lingotes, asesinado vilmente a la damisela y enterrado trocitos de damisela por todo el jardín? El falso malo debe ser requetetorturado. Así es el azar, implacable.
La damisela ríe tras el árbol. También quiere jugar al escondite tras enterarse de lo de los lingotes y de lo de la búsqueda. Se carcajea al pensar en los juegos que la casualidad deparará al pobre infeliz. Uy. Ya no casualidad. Es un poco diosa, ella, rigiendo sobre sus destinos. Le divierte la idea de ese pobre hombre sollozante por la estupidez de su marido, y del sumo sacerdote y de todos y cada uno de los empleados. Le divierte cantidad. Hay algo quizá mejor, en alguna parte. Algo más limpio. Más inteligente. Como un hombre capaz de robar todos los lingotes de oro.
Él, ella, los lingotes. Amor exultante de éxito. Claro que sí. Y corre la damisela sin importarle si se le rompe un tacón. Corre descalza hasta que alcanza al no malo malo, con el morbo que solo tienen los no malos más malos, y esos lingotes dorados que solo tendrán los más listos. Y le dice que le ama. El protagonista asiente. Cree que cuando el plan es perfecto, provoca lo impensable.
9.21.2006
Ada
Esta consciencia de su propio destino convierte a Ada en una niña peculiar, y los profesores y padres de otros niños nunca saben qué hacer cuando ella abre los ojos y dice que de mayor va a ser dictadora. En clase de Plástica modela figuritas de barro que representan a personas. Cada vez que acaba una figurita, Ada la mira y sonríe, y su sonrisa da siempre un poco de miedo.
A Ada siempre le preguntan por su nombre. "¿Es por Nabokov?", dicen los profesores de Literatura. Ella mira con desprecio y dice que no, que es por Ada Lovelace y no explica más. Los profesores sonríen y asienten, y después corren a buscar al personaje en la enciclopedia.
Ada Augusta Byron King (10 de diciembre de 1815 - 27 de noviembre de 1852) fue la primera programadora en la historia de las computadoras.
Ada Augusta nació en Inglaterra, única hija legítima del poeta inglés Lord Byron y de Annabella Milbanke Byron. Sus padres se separaron legalmente cuando ella tenía dos meses de edad. Su padre abandonó definitivamente Gran Bretaña y Ada nunca llegó a conocerlo en persona.
Tras oír estas historias, Ada ve al hombre que llevó a su madre al hospital como a su padre. Siempre que puede va al bosque y no limpia nunca su habitación para sentirse más cerca de él. Su madre mira por la ventana y no dice nada.
Ada lee biografías de dictadores y aprende matemáticas. Lo primero, para trazar su plan. Lo segundo, para hacer honor a su nombre.
Tiene ahora nueve años y ve cada vez más cerca su día. Aplasta la nariz contra el cristal y diseña su mundo perfecto.
9.06.2006
Aposentos reales
Sangre azul corría por sus venas, pero sólo en algunas ocasiones. Se sentía príncipe cuando se sentaba la mesa y colocaba con extrema precisión los cubiertos. Y disponía pequeñas raciones con mucho gusto. Otras veces le daba por hacer lo contrario. Comía grandes porciones de carne que arrancaba con los dientes vorazmente, emulando a los grandes monarcas de la Edad Media. Después encendía la radio, e imaginaba que los locutores eran mensajeros que le traían noticias de mundos lejanos.
- Mi honorable alteza, hay una nueva guerra en el Líbano.
- ¿Otra vez? ¡Haz llamar a los consejeros! Debemos trazar una estrategia.
Entonces se ponía las zapatillas, se sentaba frente a un espejo y fruncía el ceño. Delibero, delibero. Estoy deliberando, se decía. En realidad hacía poco más que arquear las cejas y ensayar posturas faciales.
A veces pensaba en su princesa. Ella vivía en el bloque de enfrente. Dormía enredada en una mosquitera y cada noche colocaba un pequeño guisante bajo su colchón. A la hora del desayuno siempre se lamentaba.
- ¡He dormido fatal! Alguien ha colocado un guisante bajo mi grueso colchón
Después encendía la tele y se interesaba por el estado de la nobleza europea. Y los ojos se le ponían tristes porque los príncipes se iban casando y temía quedarse soltera. También se sentía molesta por la poca seriedad de los príncipes de hoy en día. Que si se drogan, que si se dedican a tocar pechos plebeyos. Se sentía tan sola... Y encima ese loco, el pobre hombre que vivía en los establos que daban a su ventana no dejaba de mirarla. Levantaba la vista y ahí estaba el, arqueando las cejas como un tonto. Su patetismo la irritaba profundamente.
- ¿No se da cuenta de que es un plebeyo?
8.21.2006
La metamorfosis
Terroríficas.
Es difícil identificar el antes y el después, siempre es complicado. Cuando te retuerces de dolor, con las manos en la tripa, recuerdas que el chocolate tenía un sabor extraño, una textura térrea, algo así. Pero lo tragaste entero. ¿Sabes? Yo ahora reconstruía la historia. La veía dormir y podía discernir las señales.
Nunca me cayó bien. O es ahora que lo pienso. Igual si me caía bien, igual nunca me pareció rara. Pero no teníamos una relación muy estrecha, eso me tranquilizaba, me dejaba respirar. Llegaba a la habitación y ella estaba en silencio, era amable, nos saludábamos. Fin. A veces hablábamos de chicos, o de estudios o de conceptos metafísicos, pero sin pasarse. No éramos amigas. Y ahora pienso que ella no tenía amigas, pero no es algo que hubiera pensado antes.
Ahora tiemblo y ella duerme. Y yo no sé si escapar, si llamar por telefono, si despertarla, si matarla. Ahora entiendo su desidia y su forma indolente de caminar. Pero también entendería su hiperactividad y una manera intermitente de descansar. Porque a posteriori, todo es coherente. El problema es que ella ha roto mi imagen. Ella estaba allí inmovilizada, su cara, su cuerpo, su pasividad, sus buenas notas, su fruta, su silencio.
Y de repente el cuchillo y la sangre.
8.13.2006
La dualidad rota
Cuerpo y alma, repetía una voz cansina en su cabeza. Toda su adolescencia leyendo filosofía y obsesionándose con la dualidad. Pensaba en Platón, pero siempre acababa en Lacan. Y sentía una rabia inmensa, una rabia infinita, decía ella, una rabia propia de un ser fragmentado que se busca en los espejos. Ella se miraba de nuevo, se repasaba de arriba abajo y de izquierda a derecha, estudiaba cada curva, cada desproporción. Cuerpo.
Pero el alma estaba siempre allí pegada. Los músculos en tensión. Los ojos inquietos. Ella buscaba separar cuerpo y alma, señalarlos y definirlos y etiquetarlos. Dibujarse en la libreta y trazar dos flechas, que una dijese cuerpo y que otra dijese alma. O fotografiar la diferencia.
La dualidad integradora le parecía absurda, y lo era, decir que era dual cuando en realidad solo reconocía la unidad. La unidad fragmentada, por supuesto, la unidad que nunca sería cierta, pero unidad al fin y al cabo, sin partes distintas, sólo con pedacitos gemelos.
Una noche avanzó en su investigación y se vio sin alma, y no supo si aquello era alegría o más rabia, si era Platón o era Lacan de nuevo. La imagen del espejo era la de un ser inerte, la de un ser ajeno. Músculos pintados, ojos de cristal. Pensó dualidad, sí, pensó Platón y quiso creer alegría.
Pero Lacan en su cabeza, repitiendo "¿ves?" y "sabes que tengo razón", porque sí era cierto, se buscaba completa, dual y completa, y se identificaba con la imagen. Y acababa de descubrir que la imagen no era ella, que la imagen era otro, un yo fragmentado, o ni siquiera un yo, era un tú, o un ella. Lacan, Lacan. Músculos pintados y ojos de cristal, y ella, ella que no sabía dónde buscarse ahora.
8.03.2006
Las guerras barrigudas
Se lo habían advertido. Jamás te comas las pepitas de las manzanas, porque te crecerá un árbol en la barriga. Pero no hizo caso, porque la vida es mucho más divertida cuando asumes riesgos. Eso pensaba. Se comió todas las pepitas que pudo, y en su barriga brotó un pequeño arbolito, que se hizo grande y tuvo manzanas. De las manzanas salieron pequeñas criaturas, similares a gusanos, pero con bracitos y piernas y un tacto suave y delicado. Comenzaron formando pequeñas tribus familiares, y poco a poco empezaron a plantar árboles por doquier y crearon extensos cultivos. Se alimentaban de frutas. Con el paso del tiempo, semanas, quizá meses (estos animalitos evolucionaban muy deprisa), construyeron hermosas casas con la madera de los árboles, crearon escuelas, bancos y tiendas, muchas tiendas. Y los bichitos hembra se compraban abrigos de piel. Y los bichitos macho relojes de última generación y bigotes puntiagudos. Los más pequeños aparatitos de esos con pantallas. Eran bastante felices, o eso creían. Ya habían descubierto el dinero, así que se deslomaban para ganar y ganar, y luego gastar y gastar. A veces tenían depresiones y se cogían una baja. Luego volvían a gastar y se olvidaban de sus problemas por lo menos hasta la hora de la cena.
Hace una semana se enfadaron con sus vecinos los bichitos del intestino. Ellos no estaban tan evolucionados. Sólo comían lo que los bichos de la barriga no querían, los restos. Los bichos barrigudos se vanagloriaban de sus logros, jajajaj, qué poco han evolucionado,míralos, comiendo basura, sin escuelas, ni tiendas, ni restaurantes. Y las señoras de pieles se llevaban las manos a la cabeza y con un gesto un tanto dramático exclamaban: "¡Pobrecillos, debemos hacer algo!". Y algo hicieron. Los señores de bigotes puntiagudos decidieron invadir la tierra de los bichos del intestino, porque, pensaron, hay que llevar la democracia a ese deprimido pueblo. En realidad pensaban que un punto tan estratégico como el intestino (que proporcionaba la salidad del cuerpo, claro está), sería clave para la expansión del imperio de los bichos barrigudos.
A la propietaria de la barriga no le importaban ni las guerras ni los imperios, sólo el dolor de barriga que tenía, que se expandía hasta los mismos intestinos, y que la hacía retorcerse de dolor. Por un momento tuvo la tentación de destapar la válvula de su ombligo y acabar con todos los habitantes que poblaban su cuerpo.
7.27.2006
Trampolines y besos
Quedábamos todos los días, me hablaba de cuando era pequeño, de cuando fuera mayor, de su familia, de sus amigos, de lo mucho que me quería, pero ni un sólo beso. A veces al acompañarme a casa me abrazaba muy fuerte y lo sentía moviéndose contra mí, colocando su cara frente a la mía, y yo me decía, después de esto tiene que llegar el amor, o al menos algo que se le parezca. Él se separaba, decía: te llamo mañana y se iba, tan tranquilo. Yo me quedaba diez minutos más en el portal, con el corazón a punto de estallar, hasta que sentía unas ganas incontrolables de vomitar que me subían desde las tripas, porque tanta tensión no podía ser buena. Subía a mi casa y me tiraba en la cama. Inventaba teorías y sacaba conclusiones. Pero no entendía por qué por qué por qué no era la mujer de su vida.
Tres años así es demasiado para cualquier persona. Los días de mucho calor me llevaba a comer con sus abuelos y después llenábamos la bañera de agua. Me sacaba la camiseta, me sacaba el pantalón. Yo esperaba, ansiosa. O iniciaba la cuenta atrás, tres, dos, uno mejor que me rechace que morirme de ganas. Pero no era capaz, ya sé, la culpa es mía. Me quedaba con él abrazándome e intentando no llorar. A veces iba a tomar algo con otros chicos que sí me besaban en el portal. Él gimoteaba como un condenado y pataleaba y me decía que no pensaba que yo pudiera ser así. Yo le calmaba, le decía que él ya sabía que yo le iba a querer siempre, y a punto estaba de decirle que porque no un beso, o muchos, o todos, pero le veía tan feliz, tan completo, que me sentía mal, insaciable.
De todas formas un día tomé una determinación. Le senté enfrente de mí, le cogí las manos y anuncié: voy a desenamorarme de ti.
Y no era una amenaza, ni un haz algo rápido que lo impida. Era sólo la comunicación de mi error.
Porque yo creía que le iba a querer siempre y de todas las maneras.
Pero mi amor no era suficiente.
Él se acercó, en ese momento por supuesto, cuando ya era tarde. Se acercó, cerró los ojos y se inclinó hacia mí. Yo me separé, secretamente encantada de los tres años que le esperaban, de convulsiones, de temblequeos, de dolor de barriga.
7.22.2006
Detrás
Sonriendo se asoma a la ventana como cada día. Aún con legañas, en camisón, sus pies descalzos se deslizan por la madera del suelo hasta que siente el aire frío en la cara. Busca fuera.
Lo sabe, pero se le escapan algunos detalles. Sabe que es en alguna de esas otras ventanas que ahora tiene enfrente, pero es incapaz de indicar una. Duda entre tres.
La primera es verde, de madera y vieja, y al otro lado siempre hay una silueta que se mueve nerviosa, pero siempre tiene las cortinas echadas. Un día vio una mano apoyada en el cristal y tuvo ganas de estirar su brazo para tocar las puntas de sus dedos.
La segunda es una ventana pequeña y de aluminio. Es fea, para qué negarlo, y nunca se habría fijado en ella de no ser por la música de piano que siempre sale de allí. Cuando se confunde golpea todas las teclas a la vez, y ella quiere asomarse y gritar que es ahí donde está el arte.
La tercera no la ve si no saca medio cuerpo por la ventana y se voltea de forma muy complicada. Cree que es una ventana redonda, pero nunca la pudo ver bien. Está justo encima. Pero dos veces al mes salen de ella globos que los niños de la calle recogen. Tiene uno en casa, pero no se atreve a llamar al timbre.
Cada mañana coge su café y observa y se ríe. Y cuando alguna de sus tres ventanas se abre, ella escapa y se esconde. Porque todo sería peor si un día fuese capaz de escoger una.
7.14.2006
La felicidad de los muertos
Y acaba así, como un alarido que sólo la muerte calla, como una agonía que se ahoga bajo las almohadas, como una bala rozándole la sien. No, rozando no. El golpe tiene que ser perfecto. Debe hacer crac. Saltar por los aires o deshacerse por dentro. Tiene que ser como apagar un interruptor. Sin sangre, con dulzura. Al fin y al cabo lo hace por amor. Pero los pedacitos de carne, los huesos fragmentados entre sus manos...cuanta ternura entre sus dedos. Todo suyo, paralizado en el tiempo. La felicidad capturada. Las manchas de sangre en el baño, por el suelo. Las vísceras manchando los cuadros y los cubiertos. El muerto llenando la vida.
Y sin saber por qué se acuerda del catecismo. En este valle de lágrimas. Sin saber por qué recuerda sólo esa frase. Pero no son las lágrimas de María Magdalena las que ruedan por sus mejillas y se cuelan por su boca con sabor a cadáver.
Ocurrió un día. En cama, junto a él. Sus cuerpos se rozaban desnudos y ella sentía su calor. Sonreía. La ventana estaba entreabierta y corría una brisa azulada. No había luna sino una luz de farola. Le bastó eso para saber que era el momento. Que era tan feliz que lo mejor era acabar con sus vidas. Primero con la de él, degollarla con sus manos, atraparla entre sus dedos y sorberla despacito. Después la de ella.
Su cuerpo quedarían en el medio de ese cuarto oscuro, bajo la luz amarillenta de la farola y las sábanas impregnadas de sangre. Él entre los muebles. Ella agarrada a sus órganos, sonriendo.
7.01.2006
Las venas de mi nariz estallan de amor
Crack.
Cogía cariñosamente mi nariz entre sus dedos. ¿De quien es esta nariz? Tonterías así. Después, invariablemente, el ruido, la sangre a borbotones. Yo lloraba, y él se sentía culpable. No avises a mamá, eh, no la avises. Yo lloraba más alto. Así que chistes, coger un gato y golpearlo, darse manotazos contra la cabeza, llamar mi atención no importaba cómo.
De repente se ponía muy serio y me decía: "el amor a veces duele".
No lo entendía muy bien. Yo lo quería mucho, y no me importaba si dolía. A veces en medio de la noche daba golpecitos en su colchón. Percusión perfecta para mí, que dormía debajo. Oía ruidos sofocados, la almohada alporizada, susurros y jadeos, no vengas, no vengas, no vengas, mi hermano duerme debajo, vete a por él. Yo me escondía entre las mantas y pedía que sólo lo matasen a él. Rezaba incluso. Mi amor era así, un poco egoísta. De todas formas acababa mojando toda la cama. Yo era muy pequeño, tenía miedo. Es normal. Él asomaba la cabeza y me sonreía. No se reía de mi, ojo, no quería humillarme. Él sólo asumía que esa era su función, era el mayor, el que tenía que divertirme. Yo disfrutaba un montón. Era la piel gallinácea, las sabanas ahogándome, incluso los sollozos, de acuerdo. Pero también esa dulce excitación que sube por el ombligo y la respiración que se acompasa al terror y sientes que pasa algo. Que por fin pasa algo.
Mis padres pensaban que me trataba mal, que estaba celoso. Yo sé que no, pero él también lo creyó. Cuando me reñían por algo, él afirmaba que era su culpa. Hasta que lo castigaban también. Comparabamos las marcas de la zapatilla. En eso consiste la adolescencia ¿no? en enorgullecerse de los golpes.
Un día se acabaron esos golpes, ya éramos mayores, y él aprovechó para intentar cambiar. Nadie aceptaba sus manos brutas, y ahora, cuando después de varias semanas nos reencontramos, esas manos flotan en mi espalda, desorientado en el abrazo, perdido en el mundo del afecto físico. Termina irremediablemente con una palmadita que se reprime, que no deja salir, porque aún se siente culpable de todas las cicatrices. Del mar. Se averguenza cuando hablamos en la familia de aquel día que me cogió y me tiró al agua. Pudiste morir, dice con la cabeza entre los dedos, al borde del llanto.
Pude, pero aprendí a nadar.
Otras veces sus manos, liberadas de la conciencia, buscan de nuevo mi nariz. Todo vuelve a su sitio. Y noto que de cariño voy a reventar porque yo que conozco el contenido, amo sus formas. Entonces venita que explota.
Crack.
6.25.2006
Sus escrúpulos porque no existían
Ella con su espalda recta y sus ojos fríos. Se sentaba siempre delante y él sabía que no tenía escrúpulos. Esas cosas se notan. Cada vez que ella hacía un gesto, él sacaba su libreta y apuntaba sus impresiones. Como por ejemplo:
Día 43, 3ª hora, clase de Filosofía. Afila su lápiz y después pinta rayitas finas en su cuaderno. Cada vez presiona más la punta contra el papel. Tortura.
O
Día 58, 1ª hora, clase de Inglés. Mira fijamente el radiocassette apagado y sonríe de forma imperceptible. Mueve dos dedos sobre la mesa. Intenta hacerlo estallar.
Empezó la primera libreta el día que ella llegó al colegio, y ya había completado cuatro. A veces ella miraba hacia atrás y le sonreía. Al salir de clase siempre hablaban y ella clavaba sus ojos fríos en los de él y él temblaba de miedo. Se despedían y veía cómo se alejaba con su melena lisa y negra.
Muchos años después, ella le preguntó qué escribía siempre en aquellas libretas y él no se atrevió a contestar. Entonces ella le tocó la cara con sus dedos fríos y le preguntó por qué siempre le había tenido miedo.
Yo nunca te tuve miedo, dijo él, pero sé que no tienes escrúpulos.
Ella se rió y se fue una vez más con su melena lisa y negra, y lo dejó allí, sintiendo otra vez aquella mano fría y sin escrúpulos apretando su pecho y deshaciendo sus entrañas venita a venita.
6.12.2006
Suficiente recompensa
Suda y suda hasta volverse océano. Y así llega hasta la China.
Durante un tiempo trabaja en los campos de arroz. Le gusta contemplar las montañas. Le recuerdan vagamente a los dibujos de las paredes de los restaurantes chinos de Madrid. Esos en los que siempre hay pelos dentro de los rollitos de primavera. En China puedes pasarte la vida contemplando montañas, y a nadie le molesta.
Una mañana decide subir a una de ellas, contemplar el mundo desde arriba. Dios le ha dicho que desde la cumbre no se ve nada. Sólo el cielo. Pero a él el cielo le parece suficiente recompensa. Así que inicia su marcha, y mientras los campos de arroz se van volviendo pequeños su cuerpo comienza a sudar, y a sudar. Y nota que el océano le vuelve a arrastrar de vuelta. Pero él se aferra a la montaña. Quiere tocar el cielo. Y tanto se agarra a las rocas y a los árboles que se le rasgan la ropa y la piel. Y los ojos se le llenan de agua. Pierde los zapatos, y poco a poco va perdiendo también la consciencia. Pero cada vez está más cerca, casi lo puede rozar con la yema de los dedos. Y de repente, entre las olas del temporal, entre las ramas y las piedras que corren como un río, aparecen sus ojos. Los de ella. Enigmáticos como siempre. Callados. Mirándole con reprobación, echándole en cara que quiera tocar el cielo sin ella.
6.10.2006
Hambre de tarta
En invierno a veces, por probar, se deja abrazar por hombres que la desean con ojos febriles de excitación. Otras veces también intentan atrapar su mano, pero entonces sus dedos huidizos se escabullen. Porque las manos de los chicos sudan y le ofrecen a su piel una palma húmeda, pringosa.
Sus amigas, que enseguida se desabotonan la blusa, le dicen que todo eso es porque no ha amado nunca de verdad.
Ella no es de las que se enfurecen, pero mueve sus rizos de un lado a otro, tan rápido. No, no y no. El amor no es mirar a alguien como si fuera una tarta de chocolate ¿sabéis?. Medita un rato. Además yo me quiero, a mí, me quiero de verdad. Pero eso no evita que mi cuerpo sea repugnante y líquido, que mi catarro sea eterno, que mi mesilla siempre rebose de clínex con mocos. El amor no es compartir eso, no puede serlo. Tiene que ser algo más parecido a nadar en agua fría o comerte un helado. O incluso la aceleración del corazón cuando él pronuncia conceptos tan complejos como "entropía".
Sí, siempre lo supo, y aún cierra los ojos con rabia cuando sus padres se besan. Los odia por reproducir la mentira fundamental. Que el amor es saliva, es calor, es suciedad.
Y si en medio de la noche siente alguna necesidad de agarrar algo entre las piernas, prefiere coger la almohada, que por lo menos no suda.
6.08.2006
El paracetamol no sirve
Amor otra vez y todo lo que eso conlleva. Los temblores por las mañanas, el aire en el pecho y los bichos en el estómago. Que se mueven sin dejarte dormir, ni comer, ni pensar. Y el frío, ese odioso frío febril que te atrapa a cada momento y que hace que tus dientes choquen unos contra otros sin que tú puedas hacer nada. Ese frío que no curan las mantas, ni los jerséis, ni los treinta y cinco grados que hay fuera.
Y te dicen que no es amor, que no puede ser amor, que es solo gripe, que también estornudas y tienes mocos. Tú contestas que eso es por la alergia a la primavera y a la sangre y al frío. Y de verdad, dices, de verdad que me gustaría que fuese gripe, porque con la gripe todo es más fácil, dura una semana y ya está, pero conoces tu cuerpo, sí, muy bien, y sabes cuándo es gripe y cuándo es amor. Y no, claro que no lo sabes explicar.
Pero cuando te despiertas a las 5 de la mañana temblando nunca es gripe. Y es horrible pensar que ni siquiera serviría de nada levantarte a por algo de paracetamol, porque no tiene nada que ver. De día siempre tienes ojeras y tus amigos te dicen que vayas al médico, pero tú sabes que no, que el médico es como las mantas o los treinta y cinco grados o el paracetamol. Remedios para algo que tú no tienes.
Porque esta vez no es gripe. Es algo peor.
6.01.2006
El amor es una lata
Románticas es palabra de viejas. Como las lentejas. Las dos huelen a remojo. Las dos se vuelven espesas con los días. Y en los tiempos modernos que corren las dos vienen en lata y se compran en los quioscos y en los supermercados, en los cines y en las librerías. El procedimiento a seguir es muy sencillo. Se abre la lata, se calienta, y en cinco minutos tenemos unas magníficas lentejas o un poco de amor, aunque sepa un poco a plástico y los suspiros se nos queden entre los dientes.
Antes, hace mucho, mucho tiempo, cuando las madres ponían las lentejas a remojo, las parejas fabricaban manuales de romanticismo. Se escondían en los parques, se enviaban cartas, y se trataban de usted. En los bailes se miraban y con gestos se citaban para más tarde, lejos de miradas censuradoras. En esos momentos de intimidad, un hombre de gabardina que se parecía un poco a Clark Gable tomaba minuciosas notas.
Nota número 1. La fémina roza el cabello de él con los dedos de la mano derecha y desliza la izquierda por su espalda. El varón se acerca a su boca y la agarra por la cintura. Aumento de la frecuencia cardiaca.
Nota número 2. Varón y hembra soportan las bajas temperaturas de la noche y se mojan los pies en el mar. El varón comienza a salpicar a la hembra, y ésta, olvidando la temperatura polar emite una sonora carcajada. Pérdida de la noción del tiempo y de la situación climática.
A partir de ahí la empresa para la que trabaja el hombre de la gabardina escribe los manuales de amor que luego venderá a productoras y editoriales. Éstas se encargan de enlatar el romanticismo con distintas formas y sabores, con el fin de adecuarlo a los distintos públicos objetivo. El consumidor tan sólo debe elegir el suyo. Los hay sofisticados, de todo a 100, salvajes, conservadores, pasionales, ñoños, amores de suspiros ahogados, de proposiciones indecentes en la oficina, de matrimonios, de infidelidades, imposibles, comunes, extravagantes, de adolescentes?
En su punto de venta más cercano encontrará el romanticismo enlatado que usted elija listo para consumir. Es fácil y sencillo (e indoloro).
Sin embargo, hay quien prefiere aprender a cocinar lentejas y arriesgarse a que se le quemen, se le peguen al fondo o le salgan aguadas. Esos extraños amantes de las cosas viejas afirman que de esta forma siempre saben distintas, y los suspiros no se quedan entre los dientes, sino que pasan de boca a boca y de cuerpo a cuerpo. Pero recientes investigaciones desaconsejan esta práctica por peligrosa y denuncia a los nostálgicos por intentar sabotear las actividades económicas de los fabricantes de amor.
5.25.2006
La maleta está llena de billetes
Y corretea de un lado al otro de la estación, dispersa, desorientada. Abre mucho los ojos y mira alrededor antes de dejar la maleta junto a la cabina. Telefonea, mientras, llora.
Entonces las señoras se dan codazos, esperan y cuchichean porque lo han visto en el cine y saben que las chicas blancas y delicadas siempre son cogidas en brazos por un hombre fuerte que les pide que no se vayan nunca.
La maleta desaparece.
Pero en el imaginario popular las chicas quebradizas sólo sirven para las historias románticas.
5.22.2006
Caballos en el aire
Nadie se fija.
Mueve mucho las manos, dicen, es muy nervioso, pero no ven las figuras que traza y que durante unos instantes quedan suspendidas en el aire.
Él se queja sin decir nada. Soy un incomprendido, piensa mientras sus ojos vuelan por la habitación.
Y sin embargo nunca se da cuenta. Nunca se fija en esa mano con tres pulseras amarillas que, cuando él se va, recoge las figuras con delicadeza.